¿Caída libre?

Casi todos los días viajo de mi lugar de trabajo, en el campus Villa de Álvarez de la Universidad de Colima, a la escuela de mis hijos. La ruta habitual en cierta hora pasa por la escuela secundaria Enrique Corona Morfín, y con frecuencia me detiene el tráfico de estudiantes que llegan o salen. A esas horas, en mediodías calientes y muy transitados, con la cabeza ocupada, acostumbro no perder la mirada en la avenida, y sólo en los altos observo el andar de gente y autos. La figura de hombres vestidos totalmente de negro, pertenecientes a la policía estatal, es parte del paisaje justo enfrente de la secundaria.

Los he visto muchas veces, parados en el camellón, con sus armas bastantes visibles, intimidantes, aunque nos hemos acostumbrado a esa postal que recuerda que no vivimos en una sociedad tan segura como desearíamos todos. Nunca reflexioné en ellos hasta hoy que el agente de vialidad me detuvo y esperé cuatro minutos a que pasaron los muchachos de ambos lados.

Estaba el policía de espaldas a mi auto, ancho, más alto de lo normal en estos lares. Mirándolo en esos fugaces momentos me vinieron preguntas a la cabeza, sombrías, desanimadas: ¿por qué nos hemos acostumbrado a verlos aquí, o en otras escuelas (supongo) a la hora en que salen o ingresan los niños de la escuela? ¿Somos conscientes de lo que significa su presencia allí? ¿Realmente nos dan seguridad, o simplemente constatan que la maldad sigue ganando la batalla, porque el miedo se instaló en lo más profundo de cada una, cada uno?

A muchos les dará seguridad; otros pensarán que el gobierno cumple su labor de cuidarnos, de persuadir a quienes querrían hacer daño a los estudiantes. Es verdad, eso hacen, y que lo hagan es su responsabilidad, su deber. También lo aprecio, pero no dejo de reconocer, con pesar, que la presencia mayor de policías y soldados en las calles, que los presupuestos desmesurados para combatir la violencia y los grupos delincuenciales, que la ola incesante de ejecuciones solo confirman que la sociedad sigue fragmentada, fisurada, podrida en fibras que unían el tejido social, y que a ese ritmo será imposible tener un policía por cada 10 o cien personas, y que las patrullas no serán suficientes, que el dinero jamás alcanzará porque también alimenta industrias a las que conviene la delincuencia, y esas cosas que dicen los expertos.

A mí me pesa el destino a que nos conduce esta espiral imparable, y que en cada escuela deban existir policías o patrullas, porque significa que los ciudadanos seguimos perdiendo cruciales batallas por la libertad y los derechos a vivir tranquilos, a esperar a los hijos en casa o permitirles caminar la ciudad sin zozobras, como hicimos nosotros y nuestros abuelos.

Juan Carlos Yáñez Velazco

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