Atracadero de sombras: Más soñadores

En tanto los 10 soñadores gubernativos lograron atravesarse en este Atracadero (número anterior de esta columna), existen a la vez varios rodillones (y alguna rodillona) que ilusionan otro suculento hueso: disfrazarse de secretario de Cultura.

Para estos también soñadores, la ventana donde se asoma su ansiado interés resulta ser el aparador cibernético. Es a través de las redes sociales en las que, sistemáticamente, extienden el piélago de sus sueños. Unos, son poetas o escritores cuyo arte está estrechamente tentado por el prurito oficioso, justificante del sistema socio-económico-político en el cual estamos insertos. Otros, representan al político de oficio emperifollado con el embozo de ente cultural. En este caso, está el actual secretario Rubén Pérez que, desde ahora, debe estar fantaseando su ratificación en el mismo cargo y, cogidos de su aureola efectista, al mismo tiempo soñará todo el conjunto de sus súbditos, suspirando para mantenerse allí, en ese ámbito de tantos sinecuras enquistados desde años en la casa cultural. Pérez, por su parte, sacando cuentas aproximadas, ya cumplió por lo menos nueve años aposentado en el timón de las políticas culturales desprendidas del gobierno. No olvidemos que todo cambio, en cualquier ámbito de la vida, resulta válido y otras tantas hasta saludable y benéfico. Sin embargo, en México es común ver desfilar a dictadorzuelos sindicales cuyo ejemplo, no faltaba más, debe tener su influjo en otros perímetros de la función pública. Airear, sería la antitesis consecuente ante este encasillamiento de no pocos funcionarios adosados, la mayoría de ellos, a su perfidia laboral. Y ahí los vemos, ufanos, despóticos, engreídos, calibrando las bondades del erario, aunque exhibiendo tantas veces la mediocridad de sus funciones.

Mirando rápido hacia atrás, recordemos que el jalisciense Villagarcía se la pasó manejando –a su libre arbitrio durante más o menos 18 años- a la Secretaría de Cultura colimense. En estos tiempos, ya no debemos permitir –nosotros como sociedad- tanta implantación cuasi vitalicia en los mandos gubernamentales. Además de que, desde luego, convierten (pervierten, mejor diría) sus puestos en particulares botines ante el ansia del cínico saqueo.

Ahora bien, aquellos poetas y escritores buscones del hueso cultural mayor de la entidad, decía que ya emprendieron la ambiciosa extroversión de su ensueño vía la pantalla cibernética, desde donde perfilan el calibre de su currículum. Y así imponen el vaticinio de un poemita –tal vez cursilón pero impactante para algún político prospecto-, agregados los twitters de abierta simpatía dirigidos a la médula narcisa de otro de los quiméricos a gober de Colima que, por lo general, quedan rendidos ante el impulso generoso y seguramente hasta persuasivo del escritor o poeta en turno.

Y no importa si estos poetas o escritores sean malos o buenos –me refiero a su arte-, sino a su habilidad de convencimiento para poder llegar al cargo tentador. Y no importa al mismo tiempo si los advertidos no reúnan un aura cultural descollante, sino a su osadía envuelta acaso en la vulgar simulación, el simple método del apantalla ilusos o, en su sentido más eufemístico, a su labor irrefrenable de ser lamehuevitos, en una sociedad donde, con demasiada frecuencia en distintos círculos de la misma, el que no lame –ni modo- no mamará las mieles portentosas del orden y el bienestar.

¿Y por qué atrae en demasía la casa cultural a los susodichos? Sin más, aquí arrojo el resumen al respecto: sueldo cautivante, presupuesto circunstancial y sin rendición de cuentas, chambear lo mínimo (es decir poco) y sin presiones, viajes, viáticos, restaurantes, bares, poder, mandar, renombre, relaciones, habituación del confort, respeto social, componendas políticas, reflectores, aplausos, confirmación del ego, etc., etc. Todo, naturalmente, por la gracia espectacular actual del término cultura. En pocas palabras, el afortunado que roe el tal hueso por seis años consecutivos tiene la ganancia segura de salir de pobre… si es que por el momento ese sea su estatus. Sacando cuentas, en ese puesto fácil se asegura más de un millón y medio anual. Sumando los seis años dichos, ascienden a la nada despreciable cifra de nueve millones de pesos, sólo por su salario, sin contar, por supuesto, algún sobrante seductor que se pegue del presupuesto fincado a esa institución.

En consecuencia: Galopa cultura, galopa. Exprímete cultura, exprímete. Más no dejes de galopar, galopar. Tantos sexenios que quedan por delante. Galopa cultura, galopa.

Alberto Barreto Villalobos

 

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