CartapacioS: Nietos y feria

De pronto Rayo Mcqueen me soltó el decreto: “Abuelito a ese juego no nos podemos subir porque sería muy peligroso para ti”. ¡Ay! Eché un pujido: este muchacho carajo ya me sentenció, dije de labios para adentro. Sí, sí era peligroso para mí. No hacía falta que me lo dijera de golpe.

Y es que soy abuelo de Mau, Rayo Mcqueen y de Ecos; el primero no radica acá en México, así que poco he podido convivir con él; lo veo en fotos o en videos que su padre nos pone; lo último que vi de él es una imitación que hizo del abuelo (o sea yo) con bigotes grandes y canosos, panza cervecera (que ya he bajado) y un improbable bastón (que no uso… aún) riéndose de la ocurrencia porque iría disfrazado a su fiesta de noche de brujas. Es guapo el muchacho, igual que su padre.

Por su parte, Ecos no sale conmigo porque apenas cumplió seis meses y tiene un carácter de enojona, sobre todo cuando no está el biberón a tiempo; y como que a mí no me sale bien eso de cambiar pañales, lavar mamilas y colocar el chupón en su debido lugar, sus padres se la encargan a la tía que más la aguante. Además, mucho de su tiempo se lo ha pasado dormida, y cuando despierta se queda callada, mirando cómo transcurre la vida y cómo se le vienen los vientos. Por ese tipo de conducta antisocial sospecho que será filósofa: medita, reflexiona, considera e imagina. Todavía no le salen ganas de escribir un libro sobre sus profundas cavilaciones y así enterarnos de su contenido, pero lo promete.

Del que sí puedo decir algo es de Rayo Mcqueen; éste es de una energía inagotable, de ahí el mote (seguramente todos los abuelos del mundo tienen un nieto con tamaña desproporción entre edad y vigor, pero con el que me codeo es Rayo y de él sí puedo hablar, de los otros, no) ya he visto que no se cansa nunca, por lo menos mientras nos acompañamos él y yo. Su mamá va a la facultad por la tarde, así que por esas mismas horas una vez lo atiende la abuela y otra, pues su servidor.

Él nos llama “abuelito” o “abuelita”; no me molesta en absoluto que así nos diga. Siento que es una apelación cariñosa y me halaga. Un vecino mío obligó a sus nietos a que le dijeran “abuelo” y no “abuelito”, porque lo primero se oye más varonil, me dijo, y lo segundo como una denominación peyorativa; “Vecino, para que le digan abuelito usted debe tener más de 70 años y usted ni a los 70 llega”, concluyó.

Total, me tocó cuidar al Rayo, pero a finales de octubre y principios de noviembre (ya viene mi cumpleaños -aquí entre nos-) acontece la feria de Colima y esto es un vendaval que se repite desde hace muchos años: papás y abuelos primerizos llevan a sus críos y descendientes a los juegos infantiles. Los papás como son más jóvenes que nosotros los abuelos, por supuesto, resisten con bizarría; es más tienen que apechugar, quiéranlo o no, porque se les acabó aquel tiempo de solteros cuando iban a la feria sólo a las emborrachadurías; hoy se ven muy monos tomando fotos y haciendo gestos y piruetas para que el pequeño monstruo los pele cuando están dando vueltas en los cochecitos o en las sillitas voladoras, en el trenecito o en el carrusel.

Mientras nosotros los abuelos condicionamos al prodigio de nuestra sangre a tres o cuatro juegos, porque luego queremos irnos a ver las exposiciones, los productos nuevos y a comprar aceites esenciales para las rodillas, los pulmones o las varices. A veces compramos ollas, cobijas (ya vienen los crudos inviernos) y discos piratas de Loraine de Mountclair, The Two Golds o Corner Queen. Pero nada de eso sucede, el engendro decide para dónde correr y a dónde subirse; ahí va el abuelo con los zapatos llenos de polvo detrás del susodicho (ojalá se perdiera, dice uno, sobándose las pantorrillas, pero y ¿luego qué cuentas le doy a su ?) y ya está trepado en el carrusel y el cobrador peleando con él porque no trae boleto; ¡pa’ eso va el abuelo, pa’ pagar lo que se ofrezca! “déjelo, yo pago”. “Se acaba muy pronto, abuelito”, apenas termina de decir, cuando ya está subido en otro, y así ad infinitum.

40 aparatos, mínimo de a 20 morlacos, tumban a cualquier hermano mayor, padre o abuelo. Quiero decirles que yo los aguanté (mi bolsillo, no) no como otros tres abuelos de mi rodada que me encontré por los mismos senderos. Uno casi, casi metiendo los pies en agua con sales milagrosas, el otro sentado con los pies puestos sobre el respaldo de la banca, uno más tomando sus 15 pastillas con tragos mesurados para que no se le atoraran. En realidad, dicen los nietos que los abuelos somos muy jaladores, no como los papás. ¿Será cierto?

Juan Diego Suárez Dávila

Comentarios

Notas Relacionadas