Atracadero de sombras: Diarios de colores (Segunda y última parte)

Para R. Michel, donde quiera que te encuentres y por tu pronta reaparición.

“Aquí a la gente le da por murmurar. Derivándose que invierta mucho tiempo en algo parecido a un mecanismo del rumor, tan típico acá donde éste casi termina por aniquilarlo a uno, y donde, de boca en oído, reduce a un ser en otro distinto al original. O, por lo menos, acaba enjaretándole atributos o deficiencias discordantes –según el barullo- a todo mortal que cae en las garras del rumor, puntualmente socorrido en un café, bar, cine, salón de clases, mercado o fiesta.

“Y entre toda esa maraña de descuartizamiento humano, ella me ha afirmado que es pitonisa. Que ella posee el distintivo del vaticinio. Ella, persiste, se adelanta a varios acontecimientos de carácter mundial; los vive previamente, como, por ejemplo, el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York. Antes del suceso, estuvo a punto de intentar comunicarse con el entonces presidente Bush para, desde esta lejanía, advertirle de la tragedia que, irrevocablemente, pronto sucedería.

“Las fantasías de Reyna son exuberantes. Semeja que, si aceptamos que esas figuraciones se resguardan en su vasta sensibilidad, nacen de lo inconcebible o, simplemente, de una maña encubridora de su divertimento que juega con algún interlocutor. Con todo lo que implica, habría que matizar bastante bien cualquier discrepancia alusiva a las suposiciones sonrientes descubiertas en el filón imaginario de ella. Y luego vienen las Victorias muy frías acompañadas por La Mer francesa con acordeón, y enseguida Plaisir de amour hasta agotar todo el repertorio de Jo Basile y Jean Luc Mitchel, y nos enfrascamos en un baile interminable recorriendo toda la casa sin importarnos en ese momento que, recordando a José Cruz y su blusero Real de Catorce, “por mí que el mundo se haga polvo”. Desorbitándonos cada vez más, y mediándola una efusividad amistosa casi a punto del grito, me entona, sin parar de bailar, tu centro está en París, inspirado malabarista del ocio, perdurable vividor de la costa, forastero suertudo y querendón”.

Durante aquella noche, llovía como para poder retratar a un diluvio o, en el caso de Reyna, concebir la simultánea tormenta de relámpagos tan asombrosamente estrujadores en esa oscuridad de octubre.

Jacinto, tomó los cuadernos facilitados por su autora y, en el instante de abrir la primera hoja, comenzó a sacudirlo otro tipo de turbión.

En el principio de estas anotaciones, se mencionó la impresión extraña, nunca próxima a las sensaciones que hubiese padecido él con las obras de otros pintores de esta ciudad. A lo mejor, la diferencia radicaría en el escrúpulo onírico que le provocó parte de esa desolación atisbada en la faena plástica de Reyna.

Para Jacinto, creaciones misteriosamente conducidas, igual a si se tratara de mitificar a un destino inasequible, etéreo o inexistente. Y me atengo a que soñé con esos colores pintados de pesimismo o escepticismo, recreadores de su sincera intimidad. Una intimidad que en su pintura, a veces digamos glacial o en otras desértica, de páramos aledaños a Rulfo, intuye la crónica cromática inducida de sus vericuetos poéticos que expulsan soledades y caos. Soledad sin duda sufriente para mis ojos o, es posible, para cualquier ojo ajeno a los suyos.

Pintura antípoda de lo festivo, inconscientemente áspera, poéticamente sombría sin ninguna resolución –esto es lo de menos- no como vertiente estética sino al nivel de su ser. ¿Será allí en que el arte logra verificar –o replantear- el embrión de una tenebrosidad racionalmente corrosiva, transida entre ese suspense del designio estático conmovedor? ¿Y, trozo por trozo, encadenada a una herida de lo intangible o a las infinitudes de sus “rincones” pintarrajeados de gritos y susurros? ¿Latiendo la “crucifixión” del ente íntimo, extendido el sucedáneo tormento a ella, justo junto a los trasfondos de sombras, alegoría hosca, florecimiento de espinas, quizá un asesinato del decorativismo?

Sigo paseando en mi sueño sus sueños impuestos de negros obsesivos, verdes oscuros, negros tan luctuosos, cafés y grises impenetrables. El rojo inquebrantable en su germen pétreo, tal vez sea una escapatoria, similar a si fuera una hemorragia por la cual Reyna saliera a respirar el aire que confirma, intermitentemente, la incertidumbre de su alma o, pudiera ser, las letanías simbólicas de una atadura que asfixia.

Su mar cálidamente engendrado –el único mar en el trajín emblemático de esos bocetos-, pudiera contrarrestar las palabras sometidas de mi sueño. Sus olas, al fin, resultaron ser mi oxígeno por el cual desperté.

 Alberto Barreto Villalobos

1

Este es un capítulo que forma parte del libro (inédito) Atajo hacia el mar, del propio autor.

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