La fundación del ejido de Tepames (Parte 9)

Mario Acevedo Manzano

Durante la segunda mitad del siglo pasado, la población de Tepames registró un cambio contundente en todo lo relacionado a su vida productiva, social, política, educativa y cultural, atrás quedaron los tiempos de labrar la tierra con troncos de bestias mulares y yuntas de bueyes que jalaban el arado de palo o arado de una y dos vertederas para hacer las labores agrícolas en el ciclo productivo de primavera-verano; de los años 60 a los 80 se modernizaron los trabajos agrícolas por medio de maquinaria propia o rentada por los ejidatarios. La quema de leña en fogones y chimeneas de cada hogar de los tepamenses se sustituyó por estufas con quemadores de gas en tanques portátiles o estacionarios, se cambiaron los antiguos sombreros colimotes anchos por cachuchas tipo jugador de beisbol, se acabaron las camisas de manta y pantalones de mezclilla y se cambiaron por pantalones vaquero tipo norteño y playeras tipo americana; las mujeres dejaron de hacer su propia ropa para comprar vestidos en las principales tiendas departamentales de la ciudad de Colima, coches y camionetas aparecieron por todos lados, aumentan la educación elemental al nivel secundaria y preparatoria y muchos más jóvenes tepameños ingresan a estudiar carreras profesionales en diversos centros de enseñanza de educación superior en la capital del estado, Guadalajara y Ciudad de México.

Una de las grandes contribuciones a la integración y unidad de la comunidad de Tepames es el hecho de que prácticamente no existe división social en clases o grupos sociales, el hecho de ser la mayoría ejidatarios y una minoría pequeños propietarios se dan condiciones de igualdad social sin existir diferenciación de clases o grupos sociales.

La vida política también registra cambios importantes, atrás quedó la alineación ciudadana a un sólo partido político, los ejidatarios se liberan de emitir su voto a favor del partido político del gobierno, atrás quedó la idea de votar por el partido del gobierno por tener tierra, se toma conciencia del voto libre y secreto y que el gobierno, al entregar la tierra, cumplió con una obligación legal de acuerdo a las leyes agrarias y para lograr las leyes agrarias del reparto de las tierras un millón de mexicanos murieron en la revolución de 1910 y algunos de estos fueron tepameños, o sea, el reparto de la tierra es una consecuencia directa de la revolución de 1910 y ningún partido político tiene derecho de abrogarse a su favor las conquistas revolucionarias. Dicho en otras palabras: el reparto de la tierra es una política del estado revolucionario iniciado en 1910, al triunfo de la revolución maderista, y cada gobierno cuatrienal y sexenal cumplió bien y a veces mal con su obligación de repartir la tierra a los trabajadores del campo y poco o nada tienen que agradecer los ejidatarios a un determinado partido político poseer la tierra en donde trabajar.

La religión católica también pierde hegemonía y se inicia el cambio de católicos a otras religiones aunque en una mínima parte y la gran mayoría de los pobladores tepamenses profesan la fe católica y continúan las tradiciones religiosas sociales y familiares de los bautizos, bodas, primera comunión, Semana Santa y Navidad. En el pueblo muchas veces se ven a los jóvenes de pantalón negro, camisa blanca con corbata promocionando religiones diferentes a la católica y sí han logrado que algunos tepameños cambien de religión pero son muy pocos, continúa siendo la predominante la Iglesia Católica.

El coloquio de la esquina seguía reuniéndose todas las tardes para platicar con la fresca, como ellos decían. Escuché el siguiente diálogo entre Jesús el Yuy y mi padre José Dolores. Dijo el Yuy: “Ya empezaron las campañas políticas, Lole, ¿por quién vas a votar?”. “Por el gobierno”, contestaba mi padre, “aunque no me tienen nada de contento, hacen muchas sinvergüenzadas; mira, ayer me enteré en las oficinas del banco rural cómo condonan muchos créditos a las gentes que están bien con el gobernador, eso está mal, si van a regalar dinero, pues que sea parejo, ¿no crees?”. “Sí”, le contestaba el Yuy, “y qué bueno que me dices, mañana voy con el gerente del banco para que también condonen el crédito que me dieron; yo siempre he cooperado con el gobierno, tengo derecho a que me incluyan en la lista de beneficiados”. “Ya sabía que me ibas a contestar eso”, le dijo mi padre, “siempre estás a la ‘caiditas’”. “Pues tú también deberías de pedir el no pago de tu deuda”, le dijo a mi padre, el Yuy. “Mira, Jesús”, le contestó, “yo sé trabajar y poco o nada les pido dado al gobierno, acuérdate, como dice el dicho: sale más caro una gorra, que un sombrero galoneado, al rato te van pedir hasta que les lleves muchachas para alegrar las campañas y eso a mí no me gusta”. “Está bien”, contestó el Yuy, “cada quien es libre de hacer lo que quiera”. Hasta ahí llegó el dialogo, cuando se acerca a la esquina el Sr. Cura Irineo y después de los saludos de rigor les dijo: “Me acabo de enterar por un propio enviado del Obispado que mañana llega el Sr. Obispo a dar la primera comunión a muchos jovencitos tepameños, ¿cómo ven la venida del Obispo?”, les preguntó don Irineo. “Está bien, padre”, le dijo el Yuy, “pero, acuérdese lo que la gente dice de las visitas de los Obispos”. “Y, ¿qué dice la gente?” Le preguntó el Sr. Cura, y le respondió el Yuy: “En una ocasión, llegó a comprar a la tienda de don Isidoro, el maestro Melitón y (ahí viene, mire, para que no me deje mentir), dentro de sus compras, le pidió al dependiente un kilo de huevos y el precio de los huevos fue el doble del precio a que normalmente los vendían y le dice el maestro al dependiente: ‘Oye, ¿por qué me los vendes al doble de precio? Acaso son raros los huevos’ y el dependiente le responde: ‘No, no son raros los huevos, ¡los raros son los Obispos!’ y ahora que viene el obispo, pues, hay que aprovechar”. “Ah, ya entiendo”, dijo el Sr. Cura, “por eso la gente dice de un suceso que se repite después de muchos años: ‘allá cada venida de Obispo’”. “Estaban hablando de mí”, dijo el maestro, después de saludarlos. “Sí”, le contestó el Yuy “le contaba al padre lo de los huevos”. “Ah, sí, ya me enteré de la venida del Sr. Obispo mañana y ya estoy avisando a toda la gente para hacer la valla desde el arroyo El Naranjito hasta la Iglesia”, dijo el maestro, como queriendo quedar bien con el Sr. Cura y éste le dijo: “Gracias, maestro Melitón, pero ya todas las mujeres de la Acción de Gracias están previniendo a todos y de seguro va aser un éxito la visita del Sr. Obispo al pueblo de Tepames”.

Otro día muy temprano mi madre ordenó a todos sus hijos: “Cámbiense de ropa y vayan a la esquina de Catarino para que reciban la bendición del Obispo”. Junto con mis cuatro hermanos nos fuimos a donde dijo mi madre, estuvimos esperando por más de una hora en la calle principal del pueblo, las casas por donde transitaba el Obispo estaban adornadas con papel de china picado, formando figuras de la Virgen María y Jesús cargando la cruz; las calles sin empedrar estaban limpias y húmedas para evitar el polvo y ramos de flores a la entrada de algunas casas. Vimos venir la comitiva formada por tres automóviles, en el primero, en el asiento trasero, el Obispo decía oraciones en latín y levantaba la mano derecha repartiendo bendiciones a los tepameños que fuimos a recibirlo, los asistentes de la valla se agregaban atrás de la comitiva del Obispo y al llegar al templo entraron los que alcanzaron y mucha gente se quedó en los atrios de la iglesia. Fue una misa solemne de tres padres y un monaguillo vestido con sobrerropa de colores blanco y rojo, aventaba incienso a los sacerdotes llegando a los feligreses el olor del copal quemado tan característico de la liturgia católica. Era diciembre, en el novenario de la Virgen de Guadalupe y un coro de muchachas y muchachos cantaba:

“Desde el cielo una hermosa mañana…

Desde el cielo una hermosa mañana…

La Guadalupana, la guadalupana, la guadalupana bajó al Tepeyac…

La Guadalupana, la guadalupana, la guadalupana bajó al Tepeyac…”

Al mediodía el Obispo es invitado a comer por una de las principales familias del pueblo y la gente le regalaba pollos, huevos, quesos y flores.

Por todo el pueblo se veían mujeres de todas las edades vestidas con el traje típico regional de Colima y una canasta colgada del brazo; en la canasta traían bolsas pequeñas como de cien gramos de pinole que regalaban a toda la gente.

Regresábamos a casa satisfechos, sintiéndonos santificados y comiendo un cucurucho de pinole.

Mi padre era poco afecto a los actos religiosos y nunca llevó a misa a mi madre, mis hermanas iban poco a la iglesia, mi padre no las dejaba, pues tenía la creencia de que a los curas se les debe oír la misa y nada más, entonces, del templo a tu casa sin ninguna convivencia cara a cara de mis hermanas con los sacerdotes; en alguna ocasión una de las amigas de mi hermana llegó a la casa y le dijo a mi padre: “Lole, ¿dejas ir a Elisabeth a misa?”, mi padre le contestó: “Con mucho gusto… te digo que no”. “Pero, mira, Lole van a ir más amigas”, y mi padre enfático le dijo: “Cuando digo no, no, y sí, sí. ¿Entendiste muchachita? Vete tú sola”.

Los niveles de vida de la población tepamenses han aumentado considerablemente en los últimos 50 años en relación directa a los ingresos familiares, en todo el tiempo ha sido bien pagada la mano de obra, de tal suerte que un peón de campo trabajando seis horas de 7:00 de la mañana a 1:00 de la tarde, en la actualidad, gana al día un equivalente a tres salarios mínimos, existe escases de mano de obra por la emigración a los Estados Unidos de América y, si en una familia existe más de dos trabajadores ya pueden tener un decoroso nivel de vida al recibir un ingreso de un mínimo de seis salarios diarios. Toda la población nacida en Tepames tiene acceso a la educación y el analfabetismo es mínimo por la emigración continua de los estados vecinos de Jalisco y Michoacán, aumentan los años de estudio de cada tepameña(o) al contar con primaria, secundaria y bachillerato técnico.

No obstante la inversión pública anunciada cada año por las autoridades federales, estatales y municipales de la zona rural del municipio de Colima es de las más atrasadas del estado por falta de desarrollo económico y ser los apoyos gubernamentales de carácter asistencialista, en lugar de dedicarlos al fomento económico, diversificación de cultivos y subsidio de insumos agrícolas. El Pro-Campo, programa de corte asistencialista, en muy poco o nada sirve para fomentar la producción agrícola, su entrega siempre es posterior a la realización de las labores agrícolas y únicamente cubre un aproximado de 20 por ciento de la inversión total que realiza el ejidatario.

(La parte 10 y última a publicarse la próxima semana termina con este pequeño ensayo sobre el centenario y fundación del ejido de Tepames. He de agradecer sus comentarios en el correo marioacevedomanzano@hotmail.com).

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