¿Qué ocurre con la muerte?

 

Entre la Escuadra y el Compás

Ma. Carmen Dueñas Barajas*

En la proximidad de la agonía el alma presiente generalmente su eminente separación del cuerpo. Ella vuelve a ver toda su existencia terrestre, en una sucesión rápida de imágenes breves, con una claridad asombrosa; pero cuando la vida agotada se detiene en el cerebro, ella se turba y pierde totalmente la conciencia.

Si es un alma pura, sus sentidos espirituales se han despertado ya por su disgregación gradual de la materia; ha tenido, antes de morir de un modo cualquiera, aunque sólo sea por introspección de su propio estado, el sentimiento de la presencia de otro mundo. Ante las silenciosas instancias, las lejanas llamadas, los vagos rayos de lo indivisible, la tierra ha perdido ya su consistencia y cuando el alma se escapa al fin del cadáver frío -dichosa de su liberación-, se siente arrebatada en una gran luz hacia la familia espiritual a la cual pertenece.

No es así con el hombre ordinario, cuya vida ha estado repartida entre los instintos materiales y las aspiraciones inferiores. Él se despierta con una semi-inconciencia, con el torpe sentir de una pesadilla; no tiene ya brazos para asir, ni voz para gritar, pero se acuerda, sufre, existe en un limbo de tinieblas y de espanto; la única cosa que ve es su cadáver, del que está despegando pero hacia el que experimenta una atracción invencible, porque por medio de aquél vivía, y ahora ¿qué es él? Se busca con espanto en las fibras heladas de su cerebro, en la sangre cuajada de sus venas y no se encuentra ya, ¿está muerto?, ¿está vivo? Quisiera ver, sujetarse a alguna cosa, pero no percibe, no puede tomar nada, las tinieblas le encierran; a su alrededor, todo es caos, no observa más que un fenómeno, y éste le atrae, y le causa horror la fosforescencia siniestra de sus despojos. ¡Y la pesadilla comienza de nuevo!

Esa situación puede prolongarse durante meses o años, su duración depende de la fuerza de los instintos materiales del alma, pero, buena o mala, infernal o celeste, el alma adquiere un poco de conciencia de sí misma y de su nuevo estado. Una vez libre de su cuerpo, se escapará en los abismos de la atmósfera terrenal, cuyos ríos eléctricos la llevan de un lado a otro, donde comienza a ver los multiformes errantes –encarnizados- más o menos semejantes a ella misma. El alma aún adormecida, no puede subir a las capas superiores del aire, liberarse de la atracción gravitacional y ganar en el cielo de nuestro Sistema Planetario, la región que le es propia y que únicamente guías amigos pueden mostrarle.

Tales impresiones significan que el alma debe pasar por un estado de purificación y desembarazarse de las impurezas de la tierra. Antes de proseguir su viaje, deberá pasar una temporada en lo que Pitágoras llamaba el ‘Doble etéreo de la Tierra’, la antorcha iluminada por el fuego central, es decir, la Luz Divina. Se dice que es tan ligera como el aire y está rodeada de una atmósfera etérea. En la otra vida, el alma conserva pues, toda la individualidad de su existencia terrestre, sólo guarda los recuerdos nobles y deja escapar los otros. Liberada de sus manchas el alma humana siente su conciencia como invertida, como parte externa del Universo. Allí Psiquis terminará su ensueño, ese laberinto roto a todas horas y sin cesar recomenzado en la Tierra; la vida celeste del alma puede durar cientos o miles de años, según su rango y la fuerza de la luz de su impulsión.

Al igual que la vida terrestre, la vida espiritual tiene su principio, su apogeo y su decadencia; cuando se agota, el alma se siente sobrecogida de pesadumbre, de vértigo y de melancolía; una fuerza invencible la atrae de nuevo hacia las luchas y los sufrimientos de la Tierra. Una vez ahí, en el abismo del nacimiento y de la muerte, sin embargo, aún no ha perdido el recuerdo celeste, y el guía ALDO, visible germen de un niño, sólo vivirá si el espíritu le anima. Entonces tiene lugar durante nueve meses el misterio más impenetrable de la humanidad: el de la encarnación, y la maternidad.

La fusión misteriosa se opera lentamente, sabiamente, órgano por órgano, fibra por fibra, a medida que el alma se sumerge en aquél cálido antro y se siente acogida en los repliegues de las vísceras, la conciencia de su vida divina se borra y se extingue, porque entre ella y la luz de lo alto se interponen las ondas de la sangre, los tejidos de la carne que la ahogan y la llenan de tinieblas, para entonces aquella luz lejana, sólo es un resplandor difuso.

Por fin un dolor horrible la comprime, la aprieta como en un torno y una convulsión sangrienta la arranca del seno maternal y la clava en un cuerpo palpitante: el niño ha nacido, miserable esfinge terrestre y ella grita espantada, pero el recuerdo celeste ha entrado en las profundidades ocultas de lo inconsciente. Este recuerdo revivirá por la ciencia o por el dolor, por el amor o por la muerte, y nuevamente el ciclo de la vida vuelve a comenzar, por lo que la muerte es la segunda verdad innegable.

¡Todo principio tiene un fin y todo lo que comienza forzosamente tendrá un final!

*Integrante del Círculo Cultural Colimense

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