Educación enferma

Mercedes Ballesteros Silva

Asistí a la presentación del libro Las Escuelas: desolación y encanto del académico, doctor en Pedagogía entre otras dulzuras de encanto, Juan Carlos Yáñez Velazco. Tan solo el título del libro mereció mi asistencia como interesada en estas cosas de la educación.

Mi admiración y respeto al doctorado autor del libro, quien sustenta todo lo que es motivo de reflexión, crítica y sustancia lo que afirma en él.

Qué bien que ofrecerá más luces de lo que llama “la enfermedad de la institución escolar”, y que, vaya, está delicada de salud.

Expone pistas para la ilusión (o el encanto) y el entusiasmo que dignifiquen a la escuela. Cuestión valiosa, puesto que el entusiasmo es ingrediente sustancial en cada integrante de la comunidad educativa.

La crítica que propone, denuncia y anuncia, es inherente a estos pedagógicos que expone en su pequeño libro de bolsillo pero grande en contenido y reflexión.

En cuanto a la buena educación, legado de Pablo Latapi Sarre, subraya los atributos: promoción del carácter, los sentimientos, la inteligencia y la libertad, considerando como mala educación, lo contrario a ésta percepción.

Certera crítica expone de las escuelas caracterizadas por la simulación, irrelevancia, corrupción, prácticas huecas, escuela clientelar, la que tolera malas prácticas, etc., todo ello escribe el autor esperanzado en la posibilidad de cambio, algo difícil, pero posible, según afirma.

La escuela modificó arquitectura y hoy, entre dos épocas, la escuela parece confundida, perpleja, extraviada en su rumbo y huérfana de coordenadas en su mapa de rutas alternas.

Acerca del tiempo, dice: es un invento de la pedagogía moderna introducir la jornada doble, turno extendido a lo cual se pregunta: ¿Más tiempo para qué? ¿Es adecuado? Entonces, para la niñez, ¿dónde queda el tiempo para jugar, divertirse y socializarse? Es decir roban su tiempo para ser niños.

El autor pregunta: ¿Está enferma la escuela? ¿Alguna vez goza de buena salud? Es un sentimiento y juicio añejo desde Juan Amós Comenio que decía: “Hasta ahora hemos carecido de escuelas que respondan perfectamente a su fin”. Y sigue el autor, “las escuelas son para unos pocos, los más ricos. Los pobres no son admitidos de no ser por las becas al cumplir un papel caritativo”.

Danniel Pennac dice que el verbo leer no admite imperativo, ni amar, ni soñar, así que leer a la fuerza no tiene resultado favorable. Tampoco la educación soporta el imperativo, se convierte en domesticación o en colegio militar. Victoria Camps dice que la educación perdió el norte, que faltan criterios respecto a qué enseñar y qué corregir.

Y qué decir de las intensivas, frenéticas y extendidas prácticas que evalúan a las escuelas y los actores del proceso educativo y nunca a quienes dictan dichas políticas que no se discuten ni acuerdan con los responsables de ejecutarlas. Juan Carlos afirma que los estudiantes son precarizados e hiperresponsabilizados por el magisterio.

Así mismo, olvidaron los promotores de reforma que los cambios o defectos del entorno afectan a la escuela de forma más menos dramática que a la sociedad, que la escuela no está blindada frente a la corrupción, violencia, irresponsabilidad, consumismo, simulación y que no pocas veces alienta, refuerza o premia esas desgracias. Afirma el autor que es la irrelevancia una de las más silenciosas enfermedades que carcome a la escuela, de la tarea sin sentido, del no preparar la clase, etc.

Felicito al autor de este libro y se espera sea leído por el magisterio colimense, para sumarnos en sus propuestas de optimización de recursos y mejora educativa en escuelas innovadoras que procuren retos desafiantes en auténticos rendimientos escolares.

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