¿Mexicanos y argentinos corruptos?

Juan Carlos Yáñez Velazco

Hace dos semanas, al publicarse el informe sobre corrupción causó cierto revuelo mediático el lugar ocupado por México: 103 entre 175 países. El balance es pésimo para América Latina y el Caribe: de las 31 naciones 21 obtuvieron resultado inferior a 50 de cien puntos. Los peores: Venezuela y Haití. Los mejores, Chile y Uruguay, en el sitio 21 del mundo.

Según las notas de prensa, el reporte de Transparencia Internacional analiza la percepción de la corrupción ligada a las instituciones públicas, no a los partidos, en cuyo caso, probablemente nuestras posiciones serían todavía más lamentables, por lo menos en México.

Lo anterior me invita a tres comentarios: primero, que la medición es parcial y, por tanto, inadecuado titular las notas como hizo el periódico español El País (“Venezuela es percibido como el país más corrupto de América Latina”); no es el país entero, sino una parte; en segundo lugar, deja fuera la incidencia de las empresas privadas en el fenómeno de corrupción, poderosa presencia que cobija una amplia gama de acontecimientos, desde los apoyos gubernamentales ilegales, las concesiones que se obtienen mediante concursos oscuros, hasta el trato cotidiano que prodigan a sus clientes. La “casa blanca” en México es nada más uno de muchos ejemplos; en tercer lugar, la medición de Transparencia Internacional, siendo útil sin duda, tampoco permite apreciar la cultura ciudadana en la materia, es decir, cuánto abonamos los ciudadanos a favor de la corrupción o de la transparencia.

En México y en Argentina es común, entre los ciudadanos de la calle, escuchar que en materia de corrupción somos campeones y, sin poner trapos al sol, es verdad que la corrupción está injerta en prácticas e instituciones sociales, pero también lo es que las generalizaciones dejan fuera ejemplos edificantes. Cuento dos casos anecdóticos, a partir de los cuales no pretendo sino exponer que en las instituciones públicas y entre los ciudadanos hay muchas personas, miles o millones que viven con honestidad.

El primero es reciente, en Colima. Acudí a las oficinas del Sistema de Administración Tributaria para un trámite hecho en forma ordenada (cita electrónica de por medio), puntual, breve y eficiente. Cada una de mis preguntas fue respondida clara y sencillamente, como vi que atendieron a otras personas.

La segunda es anterior, a principios del año. Vivía en Buenos Aires y acudimos a la Ciudad de los Niños para pasar el día en un sitio hecho para disfrute de los infantes. Mariana Belén con su hermano jugaron por aquí y por allá, en el banco de la mini ciudad, el restaurante, el súper mercado, el aeropuerto, cantaron frente a las cámaras de televisión y condujeron un programa de radio, entre muchos espacios. Las horas se fueron sin sentir entre una multitud de pequeños, sus madres y padres. Al final, ya rumbo a la zona de comidas en el shopping Abasto, Mariana se percató que no tenía su bolsa. Regresamos como por obligación, con pocas expectativas, a preguntar a los guardias y el personal del parque. Allí estaba la bolsa, en el anaquel de los objetos perdidos. El guardia la regresó con un comentario amable.

Todo lo que había escuchado durante 10 meses acerca del espíritu corrupto de los argentinos, dicho por ellos mismos, lo cambié en ese instante y hasta ahora puedo afirmar que durante la experiencia en aquel país nunca sentí que vivía en la cueva de Alí Baba, como tampoco lo siento viviendo en Colima, aunque allá o acá haya deshonestos, ladrones y corruptos, en el gobierno y caminando al lado por las calles.

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