Arte Total: Georgia O’Keeffe, la pintora de la sexualidad femenina

“Su fuerza destructora era tan grande como su fuerza constructiva, los extremos coexistían. He experimentado y sobrevivido a ambas…”. Alfred Stieglitz.

 

La Galería de Arte de Ontario presenta una gran retrospectiva de una de las pioneras dentro de la pintura norteamericana, Georgia O’Keeffe (15 de noviembre de 1887-6 de marzo de 1986), con más de cien pinturas de la modernista más exitosa e influyente del siglo XX.

Organizada por la Tate Modern Gallery, es el nombre con el que se conoce a la Galería Nacional de arte británico y arte moderno en Inglaterra, en colaboración con el Banco Austria Kunstforum, de Viena, realiza la primera exposición en Toronto, que terminará el 30 de julio del presente.

Es un caso curioso en el mundo del arte, porque aún siendo una de las mujeres que demostró su valía artística de forma más precoz, le costó mucho exhibir su obra y tardó por ello mucho tiempo en ser reconocida como una gran artista.

En todo caso su condición de mujer influyó en este aspecto, aunque también su personalidad y la educación recibida desde pequeña, en la que un principio básico de austeridad y modestia presidió su infancia.

La exposición analiza toda su trayectoria, desde su desarrollo en la práctica pictórica, sus primeros experimentos abstractos hasta su último trabajo en cerámica, además su profunda influencia y legado. A Georgia O’Keeffe (1887-1986) nunca pareció importarle tener arrugas.

En 1905, O’Keeffe comenzó su formación artística formal en la escuela del Instituto de Arte de Chicago y después en la liga de los estudiantes del arte de Nueva York, pero ella se sentía limitada por sus lecciones que se enfocaron en reconstruir o copiar lo que estaba en la naturaleza. En 1908, incapaz de financiar su educación superior, trabajó durante dos años como ilustradora comercial, y luego pasó siete años, entre 1911 y 1918, enseñando como maestra de pintura y dibujo.

La principal línea de investigación son sus primeras exhibiciones en la Galería 291 de Nueva York del fotógrafo Alfred Stieglitz en 1916 y 1917, obra de la madurez, su etapa como profesora en Carolina del Sur, Virginia y Amarillo, Texas. La relación entre la forma del paisaje, música, color y composición que revelan el interés creciente de O’Keeffe en la sinestesia: la capacidad de interpretar música como color.

Una sección de la exposición considera relación profesional y personal de O’Keeffe con su marido, el fotógrafo de fama mundial, distribuidor de arte y arte moderno Alfred Stieglitz (1864-1946). Cuando las flores se descubren por el fotógrafo y vendedor de arte Alfred Stieglitz, quien las expone sin el permiso de la artista. No le importó esta negativa y continuó exponiendo las obras, iniciándose desde entonces un idilio entre ambos que acabaría en matrimonio. Pareja singular por ser ambos bisexuales.

El apoyo de Stieglitz y la originalidad de su obra fueron multiplicando sus exposiciones y aumentando su fama, sobre todo cuando en estos años comienza a pintar sus famosas flores, que se han convertido en su seña de identidad.

Se expone una selección de fotografías de Stieglitz, incluyendo retratos y desnudos de O’Keeffe, así como figuras claves del círculo de arte de vanguardia de la época, incluyendo Marsden Hartley (1877-1943) y John Marin (1870-1953).

Las naturalezas muertas forman un tema importante en el trabajo de O’Keeffe, especialmente en sus representaciones y abstracciones de las flores. La exposición explora cómo estas obras reflejan la influencia que tomó de la fotografía modernista. La exposición se acompaña de un catálogo de Tate Publishing, que incluye las contribuciones de los curadores además de la reconocida teórica visual y analista cultural Griselda Pollock.

Flores grandes y en primeros planos, lirios, orquídeas, amapolas, en las que parece que el espectador queda envuelto completamente. Flores aisladas sin ninguna referencia espacial. Flores ante las que nosotros parezcamos meros insectos y que combinan sus formas abstractas con un naturalismo singular, que algunos han relacionado con el surrealismo.

Para otros, las flores de O’Keeffe son metáforas sexuales por su sensualidad y sus formas, pero, en cualquier caso, la pintura de O’Keeffe trasciende todo simbolismo y se afianza como una expresión plástica tan genuina y personal que no puede asociarse a ningún movimiento artístico.

Como todas las parejas, a finales de los años 20 empezarán sus problemas matrimoniales, agravados por las continuas infidelidades de su marido y por el cansancio también que éste le provocaba.

Descubre entonces un nuevo entorno que la fascinará, las tierras de Nuevo México: su luz cegadora, sus amplias extensiones, los tonos rojizos del paisaje la encantarán lo suficiente como para quedarse a vivir allí. De esa época serán sus vastos paisajes americanos y también sus pinturas de cráneos y huesos, que junto con sus flores son la otra imagen más conocida de esta pintora.

Georgia O’Keeffe ha obtenido la fama como la pintora de la sexualidad femenina. Invitando al espectador a mirar las texturas interiores y suaves de los pétalos y asociarlas con las formas reproductoras femeninas. La pintora es famosa por los primeros planos casi fotográficos, de flores, que generalmente se han considerado sensuales y sexualmente sugerentes.

Aunque él ya estaba casado y Georgia tenía 24 años menos, los dos se enamoraron y, a partir de entonces, el galerista fue un incansable promotor de su obra. El amor entre la pintora y el galerista transcurrió entre altos y bajos: ardor, infidelidad, separación, aceptación, todos estos sentimientos y estados sostenidos por el temperamento de dos personas apasionadas. La esencia de este gran amor permaneció intacta hasta el final de sus días.

Para conocer la historia de amor entre O’Keeffe y Stieglitz se recomienda explorar algunas de sus cartas, 25 mil hojas en 30 años que pasan por diferentes fases: sus inicios cuando eran conocidos, la fase de admiración como artistas, la de amantes y finalmente la de casados.

Desde su encuentro con Stieglitz, Georgia se convierte para siempre en su musa inspiradora; ella nunca puso reparos a posar, mostrándose siempre como una estadounidense auténtica, desenfadada, libre en cuerpo y mente; Stieglitz le hizo innumerables fotografías, reiteradas imágenes sensuales de su cuello, de sus manos, de su rostro, reinventándolos hasta producir un impacto que trasciende la toma fotográfica.

Lo primero que a uno le llama la atención de My Faraway One: Selected Letters of Georgia O’Keeffe and Alfred Stieglitz es su mastodóntico tamaño. Con más de 800 páginas extra grandes y abarrotadas de texto, en el libro, entre la copiosa correspondencia se puede llegar a entender más profundamente el íntimo universo de estos dos creadores.

La lectura del libro es en cierto modo perturbadora, ya que en ella se entrecruzan los sentimientos de curiosidad e intranquilidad porque se intuye que luego de la lectura, jamás se podrá volver a ver una obra de la pintora sin pensar en los detalles íntimos de la vida amorosa de la pareja.

Sarah Greenough, conservadora de la National Gallery de Washington, ha insertado unas 650 cartas en un volumen que es una historia de amor llevada a su grado romántico más elevado, lo cual no quiere decir que O’Keeffe y Stieglitz fuesen realmente compatibles; era la clase de pareja que parecía experimentar su acercamiento más genuino cuando estaba separada por cientos de kilómetros.

Asombrosamente, han sobrevivido unas cinco mil cartas. La mayoría de ellas se encuentran en la Biblioteca Beinecke de Yale, donde O’Keeffe las depositó con la condición de que permaneciesen selladas hasta 20 años después de su muerte. (Murió en 1986).

A la muerte de su marido en 1946, O’Keeffe iniciaría una amplia etapa de exposiciones y retrospectivas que harían definitivamente justicia a su obra. También empezaría a viajar: en realidad no había salido de los Estados Unidos hasta que tuvo una cierta edad, por lo que para muchos representa una artista genuinamente americana y al contrario que otros muchos artistas estadounidenses, sin apenas influencias extranjeras, ni de las vanguardias europeas.

Viaja por todas partes, pero son frecuentes sus viajes a México, tan próximo a su lugar de residencia, donde entablará amistad con Frida Kahlo y Diego Rivera. En 1931 Frida conoció a Georgia durante su viaje a Nueva York, aunque al inicio sintió cierta antipatía por ella, después sería gran admiradora de su obra. “Pensé mucho en ti y nunca voy a olvidar tus maravillosas manos y el color de tus ojos.” (Frida Kahlo a Georgia O’Keeffe, carta fechada el 1 de marzo de 1933).

Cuando Frida de 26 años va a Nueva York donde reside Georgia de 46 años y no la encuentra en la ciudad, pues había sido hospitalizada por una crisis nerviosa, Frida escribe a un amigo: “O’Keeffe estaba en el hospital durante tres meses, se fue a las Bermudas para descansar.” (Frida a un amigo en Detroit, 11 abril de 1933). O’Keeffe visitó a Frida mientras se encontraba enferma y postrada en cama en su casa de Coyoacán en 1951, esa fue la última vez que se vieron.

Georgia pintará con asiduidad hasta 1975 en que una creciente ceguera le irá impidiendo poco a poco su trabajo, cambió al barro y realizó cerámica, pero vivirá hasta 1986, año en que muere a los 99 años de edad. La gran ironía para Georgia fue lo que le dio fama y libertad: “Odio las flores, las pinto porque son más baratas que los modelos, y no se mueven”.

 

blancagardunomx@gmail.com

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