Atracadero de sombras: Un día de abril para Rulfo

A ti, grande y modesto, escritor para el mundo

Otra vez acecha el meollo: que si la “Comala” fundida en las páginas rulfianas de Pedro Páramo se atribuye a la Comala colimota; que si Juan Rulfo conocía o no esta provincia mexicana antes de dicha escritura; que si un tal Vizcaíno, párroco de Comala en los 40, tuvo que ver en la cosmovisión de la novela paradigmática mexicana; que si la amalgama fotográfica de Rulfo significa una correlación intrínseca a su obra literaria; que si el monumental literato fue un alcohólico que malgastó su potencial creativo; que si a diario se fumaba 2 cajetillas de “Delicados” e ingería una reja de Coca Cola; que si él se pasaba horas solitario en la cafetería Ágora de la Ciudad de México; que si sus ancestros fueron exterminados violentamente casi en su totalidad; que si jamás logró concebir otra obra con letras magistrales, aparte de sus dos conocidas universalmente; que si el espíritu de Faulkner en su obra; que si su periplo por la literatura brasileña y portuguesa; que si su exploración adolescente al fondo de brumosas lecturas nórdicas: Knut Hamsum, Beyersen, Jacobsen, Sema Lagerlov; que si el Pedro Páramo, Ulises de “piedra y barro”; que si Juan Preciado, Telémaco que busca a su padre perdido; que si esas virgilianas de Eduviges, Damiana, la Cuarraca; que si Susana San Juan, Electra al revés; que si nos olvidamos de nuestro mundo al entrar al suyo (el de Rulfo a quien persiguen sus personajes con su acción y visión); que si los muertos no tienen tiempo ni espacio. Que si, por otra parte, tantas voces que murmuran conjeturas alrededor de la mitificación rulfiana.

Y un día de abril, en la Comala real, quiero decir, en la Comala viva, de súbito nos visitó la sombra que repercutía sus símbolos traídos desde el sur de Jalisco. Alberto Vital, Pablo Rulfo, Víctor Jiménez y Jorge Zepeda, correspondieron, cada uno embarcado en su natural fascinación, a la veracidad biográfica, histórica, familiar y estética acerca del prodigioso escritor jalisciense, y naturalmente supeditada la añoranza de su carne y la resurrección de su espíritu. Las fuentes indagatorias, en un acontecimiento sin precedentes para los comaltecos dada la rigurosidad expositiva tanto de los 3 académicos citadinos como las nostálgicas y emotivas referencias del artista plástico Pablo Rulfo, (hijo de Juan), vaciaron el encomio del retorno rulfiano, cristalino en la fidelidad de sus argumentos.

En ese día en la Comala colimota, lejana de la tocaya aunque fantástica y desmoronada en Pedro Páramo, se tambalearon ciertos clamores “chovinistillas” de fervor popular en esta patria chica. Clamores encantadoramente ingenuos e implícitos a nivel turístico local, respecto a la creencia de una trasposición de su Comala tangible a la “Comala” mítica literaria. Y junto a esto, recordé en mi interior otros rangos pero de índole denigratorio hacia la figura de Rulfo, engendrados en no pocos recelosos de ayer hasta hoy, y que, ni por asomo seguramente, propiciarán hacerle mella a Juan Nepomuceno; quien, ante la maraña enjuiciadora del tiempo con su cúmulo de generaciones, amplifica aún más el redoble de su obra, retribuida, aparte, en la honorabilidad y congruencia de su ser, como prójimo y creador, sin aspavientos del escritor faramallero, siempre bajo ese jeroglífico traducido al mundo ya como eternamente rulfiano.

Y descubrimos, en boca de Alberto Vital (autor del libro Lenguaje y poder en Pedro Páramo), la faceta de editor de Rulfo, el cual publicó 27 libros de antropología. Trabajos que, muchos de ellos originalmente caóticos en su metodología, fueron cuidadosamente ordenados con su glosario puntual por Rulfo, hasta su edición final. De hecho, es sabido el amor del escritor por los cauces antropológicos, aunado su agudo (ninguniado, para variar, por algunos) criterio literario; sin demeritar, por supuesto, su honesta y sincera aptitud crítica sobre los asuntos sociales, políticos e históricos de nuestro país.

Tocando el planteamiento estético fotográfico de Juan Rulfo, para el arquitecto Víctor Jiménez aquél debe vislumbrarse –y calibrarse- al margen de cualquier yuxtaposición de su literatura. Su fotografía, vista así igual a un soslayo estético independiente, como un factor de verificación que buscaba su correlativa identidad dentro de lo que, ateniéndonos a un concepto relativo de fotografía, debe implicarse como una técnica o atributo intuitivo que, en esos congelamientos visuales, saludan airosamente al arte.

No de otro modo, percibiendo el caso fotográfico rulfiano –según mi perspectiva- el ajuste de sus fotos atrae el atisbo, irrevocable, de ese su típico “universo”, originalmente concebido. La imagen, de alguna manera con su fuerza de misterio y su encadenamiento insólito de desolación, de inmediato nos trasmina el carácter, cosmovisión y la atmósfera primigeniamente eslabonadas a través de su escritura. Concatenación, para mí –insisto- indisoluble en Rulfo que, obturando, remarcaba un impulso gráfico de sus letras.

De cualquier forma, el legado fotográfico de Juan Rulfo camina por el mundo, autónomo si usted desea de Pedro Páramo y el Llano en Llamas, para interrogar, ante muchos ojos quizá ajenos del mundo interno rulfiano, a la vida furtiva en su eterno aniquilamiento o a la fatalidad al doblar por un sendero de la existencia.

En ese día de abril, en esta Comala tan distante de la fantasmagórica Comala carente de tiempo y espacio, vino para ser de nuevo despertada la sombra que enseguida nos acecharía. Enigmas, mitos y rémoras, éstas algunas de desprestigio ante los reflectores, multiplicadas desde antes de su muerte y ya ahora varios silenciosos ante la lejanía de su ausencia. Mentiras y verdades, anormalidades contradictorias impuestas entre tintas de calumnias, perogrulladas salpicándose en las alcantarillas del Arte Literario y la abundancia de los “búfalos”. (Escritores amantes de su propio título). Que si la alcurnia envidiosa de Octavio Paz azotando infructuosamente la luminosidad rulfiana; que si Ricardo Garibay descuartizando a Pedro Páramo al oponérsele inicialmente como una novela de excepción; que si un galardonado escritor español recibiendo el mismísimo Premio Juan Rulfo lo vilipendió con una sarta de embustes; en fin, las bagatelas que sueñan con el descrédito de un crédito insustituible en el trono de las letras, si aun nunca esta pompa le infundió el insomnio al autor oriundo de, dice para variar otro más de los rumores, Apulco, Jalisco, a pesar de la sospecha de su origen sayulense.

La sombra dicha, ataviada con su personalidad tan compleja como enigmática, volvía a la carga y reaparecía aquí frente a la legitimidad del veraz compendio. Se levantaba entonces, impecable. Verdadera como su silueta. Auténtica, igual a su obra.

 

NOTA AL MARGEN

A don Cheno, padre de Juan Rulfo, lo mató un joven de 16 años. Don Cheno no pasaba los 32 y era un administrador hacendado alrededor del cual giraban muchas familias campesinas, dándoles trabajo y hogar en la misma hacienda. Algunos sobrevivientes de ese tiempo, relataron el acontecimiento. Así nos lo hizo saber Carlos Rulfo con su película El abuelo Cheno, proyectada en un portal de la Comala real, o sea, al margen de una mirada etérea de Pedro Páramo. En la actualidad, tales sobrevivientes ya no existen. Por lo tanto, las imágenes representan el valor de los muertos, siendo que, al estar vivos, nos hicieron rememorar el pasaje de otro muerto, el padre de Juan, don Cheno, acribillado al regresar a su hacienda, montado a caballo, por un atajo que bordeaba un río seco, cercano a Tuxcacuesco, cuando aún Juan no sabía hablar.

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