Cuando los críticos se equivocan: Valerian, de Luc Besson

Comenzaremos con una pregunta importante para el medio en el que me desenvuelvo y en el que nos inmiscuimos todos aquellos que disfrutamos del séptimo arte: Si el gusto por el arte va de la mano con los gustos de cada individuo, ¿Cuándo es que un crítico está en lo correcto?

Es un tema que me cuestiono desde hace mucho y cada que vuelvo al mismo no puedo evitar recordar aquella famosa escena de Ratatouille (quizá mi escena favorita en las películas de Pixar) en la que Anton Ego escribe su reseña sobre el restaurante de Gusteau y narra: “La vida de un crítico es sencilla en muchos aspectos. Arriesgamos poco y tenemos poder sobre aquellos que ofrecen su trabajo y su servicio a nuestro juicio. Prosperamos con las críticas negativas, divertidas de escribir y de leer. Pero la triste verdad que debemos afrontar es que en el gran orden de las cosas, cualquier basura tiene más significado”.

Hoy recuerdo esas palabras más que nunca, pues tras ver Valerian y la ciudad de los mil planetas, filme que fue destrozado por la crítica americana e internacional, sentenciándola de mediocre, poco propositiva y cliché, no puedo coincidir más con lo que Ego afirma. Amigos que me dan una oportunidad de hablar cada semana con ustedes, debo decirles que en esa sala encontré todo lo contrario a lo que esos “especialistas” juzgaron.

Valerian no es una película profunda o pretenciosa; no intenta romper el molde ni proponer una revolución cinematográfica. No es Blade Runner o Terminator: no es tampoco El quinto elemento producto del mismo director Luc Besson. No. Lo que La ciudad de los mil planetas trata de hacer es mucho más simple, pero no por ello menos poderoso: Trata de entretenerte y hacerte soñar como espectador en un mundo fantástico y lejano. Trata de volverte un viajero y unirte a su aventura. No quiere que reflexiones sobre la existencia o tu humanidad, más bien busca que te reencuentres con ella como cuando eras pequeño y por primera vez descubriste sobre el espacio; en ese momento que no pensabas en la falta de oxígeno, la última frontera o la relatividad del tiempo. Solo pensabas en volar sobre una nave y perderte en el infinito. Esa es la sensación que Valerian provocó en mí.

Desde los primeros minutos en que abre con Space Oddity de David Bowie (la mejor elección para un filme como éste) te sientes transportado a un universo sin preocupaciones financieras o de mortandad, un cosmos en que la aventura es la carta de todos los días, en que los villanos son malvados y los héroes son carismáticos y bondadosos, en que pueden elegir hacer el bien sin las consecuencias o las complejidades morales que encontramos tan seguido en obras del género.

Ego continúa su crítica después diciendo: “en ocasiones el crítico sí se arriesga cada vez que descubre y defiende algo nuevo (…) Anoche experimenté algo nuevo, una extraordinaria cena de una fuente singular e inesperada. Decir que la comida y su creador han desafiado mis prejuicios sobre la buena cocina subestimará la realidad, pues me han tocado en lo más profundo de mi alma”.

Valerian y la ciudad de los mil planetas es muchas cosas. Es la película francesa más cara de la historia, es una carta de amor a un comic europeo que trascendió por generaciones, es el filme que Luc Besson quiso hacer desde niño, es una dedicatoria con cariño a los sueños de su padre… para mí, es una obra que me hizo creer, que me hizo recordar otra era. No todos sentirán eso, pues no todos los gustos son iguales. Pero creo con firmeza que pocas cosas poseen tanto valor como aquellas que por un momento te hacen sentir de nuevo un niño que soñaba con viajar a las estrellas.

@skymoviemaker

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