Atracadero de sombras: Cárcel de la inconciencia

El arte es una mentira que se acerca a la verdad. Picasso

En estos territorios suele pasar que, en una amplia porción de casos, los hacedores de arte o los presuntos artistas consolidados finquen sus bríos exclusivamente en los factores supuestos como estéticos por ellos mismos. Mas casi siempre, no logran alternar su vida alrededor de lo que, según la teoría marxista, -por supuesto bañada en su dialéctica difícil hoy de controvertir-, pudiera algo que ver con su conciencia de clase o, en el mejor de los casos, con la conciencia social. De tal forma, arte y conciencia, parecen separarse conforme el viable creador adquiere su anhelante afianzamiento en el ramo que le corresponda.

La conciencia de clase, grosso modo partiendo de mi versión en la actualidad, implica saber quién eres y cuál es o debería ser tu proceder en una sociedad cualquiera. La conciencia social se adquiere cuando los individuos de alguna comunidad toman conocimiento, no en niveles abstractos o imaginativos, de lo que sucede en la realidad de la comunidad especificada, actuando consiguientemente a través de ese despertar práctico de los cauces profundos de su conciencia. El uso de las convicciones racionales y la evaluación crítica, ecuánime, transformadora asimismo, para el caso, serían los aditamentos fortalecedores de esta conciencia digamos ya redimida.

No es extraño, por el contrario, deducíamos al principio, encontrar en Colima a la mayoría de sus considerados artistas en una inevitable zona de confort, sugiriendo acaso aquella sentencia de Alberto Pla: Por que el mundo se haga polvo… mientras ellos (los creadores que creen levitar en un universo divino) no pierdan sus privilegios de connotados e inobjetables artistas. Curiosamente, éstos encausan la directriz tradicional apolínea. Sus contrapuestos, se embarcan en la oscilación dioníseaca.

Acá, por otra parte, no parece respirar la crítica plenamente en torno a los menesteres del arte y las políticas culturales oficiales o, por lo menos, si por ahí pudiera asomarse cierta opinión de contubernio, siempre emergerá en fiel concordancia bajo los elogios mutuos o desgañitándose en loas hacia un artista resantificado. Quiero decir, hacia los artistas generalmente apapachados por la cuerda cultural de los puntuales oficiosos, dependientes del gobierno en turno. En otras palabras, la crítica está velada bajo subterfugios subrepticios arrellanados en el poder gubernativo, comprendida indiscutiblemente –como un bastión superestructural de control y diseminación ideológica- la U. de C. (Virando lo expuesto, la crítica independiente a su vez acecha desde algunas atalayas no convencionales y de acuerdo a sus restringidas alternativas).

De la misma manera, estos artistas (institucionales o institucionalizados), desconocedores –advertíamos- de su conciencia social, terminan arrejuntándose en la zona de confort dicha, la cual les engrandece aún más las ínfulas de su reclamante don creador. Ellos, de distintas formas, permanecen anclados en aquel romántico onirismo decimonónico del arte por el arte. La sociedad es, para ellos, una cosa separada de su arte. El arte, en sí, resulta entonces para ellos la expresión de su prebenda. Y nada más. El arte, por ende, como una disyuntiva exclusiva del ego. El hecho de escribir, por ejemplo, deduce un acto de vanidad, (me atengo a las consecuencias), invariable e incontrovertiblemente.

El rol de creador, en Colima, parece estar desvinculado intrínsicamente de los problemas que afectan a nuestra sociedad. Los problemas son una cosa y otra mi bello arte, parece que escucho decir en boca de uno de los susodichos, con toda la petulancia que le otorga la paradoja de ignorar los efectos de su somnolienta conciencia ya anunciada líneas arriba.

Y aquí tendría que abrir un hincapié: todo este fenómeno apuntado, de ningún modo nos lleva a lo que pudiera pensarse como la exigencia de un arte panfletario (ideología camuflada) o amalgamar el arte bajo un aparente sentido o de causa social. ¡No y mil veces no! Lo notorio radica en el desligue del estatus del creador con las anomalías (sociales, políticas, económicas, culturales) de nuestra sociedad, de acuerdo a sus intereses y conveniencias. De ahí que, de entrada, se deba exigir una concertación entre los avatares de crear con la existencia del creador… lo congruo, lo pertinente, lo sensato, lo racional entre el Ser y el deber ser. El arte de cada cual, de este modo, no tendría que estar distante de su yo existencial, adherida incluso la miradura ontológica. El arte, en última instancia, tendría que reflejar el proceder existencial de su creador, envuelto en su carácter crítico y autocrítico. Así lo hicieron con su correspondiente denuedo estético, por nombrar algunos casos y en distintas disciplinas, Shakespeare, Cervantes, Modigliani, Villón, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Lautremont, Goya, Mozart, Gogh (Vincent), Lorca, Hernández (Miguel), Bretón, Beethoven, Brecht, Fellini, Pessoa, De Sica, Mishima, Savatini, Whitman, Le Corbusier, Buñuel, Niemeyer (Oscar), Godart, Dean (James), Brando (Marlond), Cortazar, Zitarrosa, Cuesta (Jorge), Holiday (Billie), Goitia, Kahlo, Arredondo (Inés), Bukowski, Roksco, Pasolini, Dylan, Garro (Elena), Vargas (Chavela), los hermanos Revueltas, Lara (Agustín), Piaf, Jiménez (José Alfredo), Aguilera (Alberto), Monsivais (Carlos), Bolaño (Roberto), Cruz (José blues, el de Real de Catorce), Saramago, Rulfo, Parra (Nicanor, aún transpirando la garra de su poesía a sus cien años); y en estos lares donde el Volcán diario escupe fuego, Michel (Alfonso), Santacruz (Agustín), Heredia (Rafael), Araiza (Rafael), López Rivera (Rigoberto), Ponce (Teodoro), Márquez (Salvador), Cuervo (Miguel Ángel), Montaño (Alfredo), La Lulú, El Veneno (Carlos Día). Todos los nombrados, cada quién en su justa dimensión, no inventaron su arte de la nada, lo crearon, siendo consecuentes con sus existencias. Bajo ese mismo prisma, en la actualidad y desde sus años iniciales como pintor, en Gil Garea jamás se distancia su arte de su proceder vital o, al revés, la fidelidad de esto último nunca se separa de su arte. Simultáneamente, Reyna Michel, Marcos Sánchez, Roy Padilla y Arturo López proceden a ser y hacer el vínculo respectivo. A José Coyazo, desde otra perspectiva al margen hoy de la introspección de su yo, todavía logra guiñarle el acecho pictórico de su secuela autobiográfica. Nada brota de la nada, advertiría Mary Shelley; todo surge del caos. Por su parte, Vincent Van Gogh asumiría aquello de que él no pintaba lo que veía sino lo que sentía. Para conocer la luz, estudié la oscuridad –recalcaría Ámbar Past.

Pero retornemos a nuestra calma chicha, (ya no tan chicha debido a la lacerante violencia actual), tumbados en nuestra hamaca en un posible palmar.

Ahora salta, como derivación recalcitrante, otro embrollo: las suspicacias (de mi parte) y los visajes políticos en el mundillo del arte y el manejo y control de la cultura locales. El teje y maneje del periodismo, aquí entre puntos suspensivos, no escapa a este axioma.

Cada ente, lo sabemos, no está al margen de las inherentes condiciones ideológicas. Todos nos manifestamos mediante procedimientos subjetivos, de acuerdo a nuestros supuestas creencias (y dogmas o ambigüedades) penetradas en nuestra conciencia. Nadie está afuera de esta red (o maraña, según guste usted adjudicarla) de ideas y pensamientos particulares (o prestados) de cada cual. Los pretendidos creativos, desde luego, no tendrían porqué ser la excepción. Sin embargo, éstos –valga el impulso de mi reconvención- deberían aplicarse un sacudimiento en su interior y su docilidad para despertarse de una modorra inconsciente de acuerdo a esa analogía dicha entre arte y existencia. Cometido utópico, porque es allí donde se simula la carcajada de la impostora sinceridad u honestidad de aquel que Aristóteles consideraba igual a un pequeño Dios creador, o sea, el artista.

Es común por acá, encontrarse con una telaraña –dentro del terreno mencionado- entretejida mañosamente entre la domesticación de casi todos aquellos pequeños dioses aristotélicos. De buenas a primeras, éstos –por cuestiones económicas usualmente- caen rendidos ante la seducción que otorga el poder político (alianza disfrazada) para sus fines personales, verdugos aparte de su libertad. De algo tengo qué vivir –se me figura oír exclamar varias voces a la defensiva ante lo dicho. En cierto sentido, tal vez tengan razón esas voces por el hecho de merecerse quizá aquéllos una manutención gubernamental. No obstante, parecen que confunden la magnesia con la gimnasia. Quiero decir: una cosa es el merecimiento y otra es convertirse en seres cautivos en su propia trampa ideológica. Su arte, seguramente, se opacará en sus propias pretensiones de objeto institucionalizado, de artista emperifollado bajo pautas insalvables de ser condicionantes, sin que ellos –ya lo dijimos- reparen conscientemente en tal sometimiento. Pero eso sí, bajo el conducto muy consciente de su deseada seguridad financiera. Es ahí, lo acepten o no ellos, cuando permanecen maniatados como sujetos existenciales y, lo que es peor para ellos, como hacedores de arte legítimo. Luego, por lo mismo, no es raro en esta tierra –rodeados por el palmar sugerido- descubrir un buen grosor de arte hecho de mentiras, tanto del producto en sí como del ser que lo creó. Imponiéndose, por conducto de una secuela histórica inobjetable, un factible arte provinciano del engaño. Por eso aún cabalgas Griselda Álvarez, sobre todo comparable a un parapeto corporativo que todavía reditúa dividendos entre no pocos fans (coyunturales nombrémoslos) de tu cada vez renovado prestigio en estas tierras. Mucho, Griselda, se te cita. Pero, en realidad, casi nadie te lee. Muchos, aquellos coyunturales, se paran el cuello y a grito partido exclaman que fuiste la primera gobernadora de este país, sin siquiera conocer tu obra narradora y poética; obra, para ser sincero, normal, dentro de una normalidad estética cuyo atributo debe espejearse fuera del furor emotivo y en su ecuánime magnitud, nada cotejable a las letras de oro de otros u otras creadoras universales. ¿Para qué o porqué motivos escribiste sonetizando a nuestra Constitución? Eso es paja dentro de un envión de poesía sólo a la altura de una conveniencia estrictamente política. (Aquí entre nos y como un susurro vertido a la vuelta de la esquina: estrictamente priísta).

Nada más, por otro lado, vislumbremos a un conjunto sobresaliente en cuanto a su peso cuantitativo, y, sin remedio, encontraremos a un verdadero séquito de expositores en los ramajes de las artes locales, fungiendo (o fingiendo a veces) como propagadores sumisos de las canonjías y los beneficios derivados de los gobiernos en turno. Su formulario controversial, por tanto al ser involucrados en el ramo burocrático cultural, no va más allá de una simple sonrisita tirándole a que sea irónica. El silencio de los propagadores, viendo otras circunstancias, parece expandirse cercano al otorgamiento incapaz de defenderse ante los argumentos en su contra. E incluso, esto no les provoca naturalmente ningún insomnio. No olvidemos que su conciencia padece de letargo. Si bien la satisfacción del usufructo de las tentaciones del ejercicio administrativo, sin duda engrandece además cualquier maniobra del éxito social y, faltaba más, el prestigio hacia la firma de su arte. Incluidas las felicitaciones cibernéticas alborotadas y simpatizantes de aquellos propagadores, modositos formados en la cola que llega hasta la oficina mayor de donde salen las consignas de la implícita obediencia, vía el cheque milagroso, comprendido al mismo tiempo el encarcelamiento denigrante de su conciencia.

Entretanto, parece obvio aquel dictamen: O estás con Dios, o estás contra él. El arte, igual que la historia, también lo hacen los vencedores… transitorios durante un sexenio. En consecuencia, la derrota se derrama sobre una muchedumbre engañada por la ignorancia. A la vez impuesta ésta en el transcurso de los siglos. En la resistencia de otros, después de todo y similar a toda contienda, recaerá el soporte del desenmascaramiento, contra viento y marea.

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