Piedra Lisa, de historia y mito

¡Volcán! Palabra y exclamación que en la región de los volcanes inspira variados y contradictorios sentimientos: asombro ante la majestad de su estructura y temor a los resultados de una erupción del maravilloso estratovolcán, que pone de relieve la fragilidad humana, pero que en la leyenda de la Piedra Lisa se transforma en permanencia. El pasado no desaparece, de un modo u otro, pervive y late en la naturaleza humana.

La etnogeología es de utilidad a historia, al estudiar la influencia de las formas de la Tierra, su geología, en las ideas que se trasmiten como sabias tradiciones y se anidan en la cultura de un pueblo; desde esa base, la Historia escucha la oralidad del mito, que recrea antiguas formas de pensar que subsisten cual viejas leyendas. El mito de la Piedra Lisa guarda un conocimiento simbólico, con profundos significados.

La Piedra Lisa se traduce en signo y símbolo de la familia, cuyos ecos nos remiten a una erupción milenaria, tan portentosa que en ella se mezclaba de todo: nubes de gases tóxicos, lluvia de ceniza, derrames de ardiente lava, avalanchas, flujos piroclásticos… El viejo e irritado dios del fuego, Huehuetéotl–Xiuhtecuhtli, arrojaba piedras y sacaba su terrorífica lengua de fuego, arrasando la tierra, plantas, animales y humanos, todos sufrían el castigo.

La gente huía despavorida, intentaban salvar sus vidas; con el pánico mordiéndoles los talones, apenas veían el camino, cegados por las cenizas y tropezando con los obstáculos, mientras las densas nubes del ambiente intoxicado sofocaban su respiración. Entre la muchedumbre aterrorizada, una pareja comprendió que no podría huir, que era imposible ganarle al poderoso dios del fuego. En un último esfuerzo sobrehumano intentaron salvaguardar la vida de su dos pequeños, hijo e hija, guiados más por el instinto y el amor que por la razón; ante el inaplazable peligro, el padre y la madre se arrodillaron frente a frente e intercambian una mirada inimaginable, la de quienes saben que quizá sólo exista esa posibilidad.

Angustiados se besan en la frente y la apoyan una en la del otro, elevan la última plegaria al “Abuelo viejo”, le ruegan protección y clemencia para sus descendientes y se funden en un protector abrazo, para anidar a sus hijos. En esa posición, las frentes en contacto, generando un pensamiento unificador del femenino y masculino colimense; se ofrecieron a Huehuetéotl, que los inmortalizó cubriéndolos con su lava ardiente; los transformó en monolito milenario, símbolo de la familia colimense.

Desde hace muchísimos años, ascendemos por la robusta espalda de la mujer, dicen que si en lo alto, antes de deslizarse por la vigorosa del hombre, se pide un buen deseo, el viejo dios del fuego lo cumplirá. Desde la mirada etnogeológica, la pareja mítica de la Piedra Lisa se entiende como el origen de las y los colimenses, encarna la simbólica dualidad de Xiuhtecuhtil y Xiuhtecuhtli, femenino y masculino que señorean el tiempo; así el mito educa al construir el símbolo de la fuerza colimense, capaz de luchar contra la adversidad, las espaldas se funden en un escudo protector del gruñón dios viejo.

La Piedra Lisa es un signo palpitante del alma de la ciudad de Colima, se le reconoce su origen volcánico, no fue arrojada por el volcán, es producto de los flujos volcánicos. La leyenda afirma que al ser sostenido por la robusta espalda femenina y resbalarse por la ancha espalda lítica del padre, irremediablemente se es atraído dentro del dinámico abrazo que integra la familia, por ende se convierte en hijo/hija de esta tierra, en consecuencia, si se aleja debe volver a la Matria colimense.

Es posible que la Piedra Lisa haya quedado en la memoria ancestral como registro de una terrible erupción; un mito o leyenda que, como muchos otros relatos, aluden a la geografía. Los volcanes de Colima se han colapsado al menos 12 veces en los últimos 45 mil años, el último hace unos dos mil 500 años; probablemente nueve colapsos generaron avalanchas hacia el sur y después de la última avalancha se formó el volcán de Fuego o de Colima, cuyo cono principal se formó en el Holoceno (Komorowski, et. al., 1996, en: López-Loera, 2011; Lugo Hubp, 1993).

 

Bibliografía citada.

Lugo-Hubp, Ortíz-Pérez y Bocco-Verdinelli (1993). “Geomorphology in Mexico”, en: Walter y Grabau, editores, The evolution of Geomorphology. Ed. John Wiley and Sons, Chichester University, Inglaterra. Cap. 31, pp. 283–290.

López-Loera H., Uruttia-Fucagauchi J., Alva-Valdivia L. (2011). “Estudio aeromagnético del complejo volcánico de Colima, occidente de México, implicaciones tectónicas y estructurales”, en: Revista Mexicana de Ciencias Geológicas. México. V. 28, n.3, pp. 349–370.

mirtea@ucol.mx

Fuente: Flujo_piroclástico#/media/File:Pompeii_Garden_of_the_Fugitives_02.jpg

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