Bitácora reporteril: Al diablo la ideología

En la conformación de las alianzas y coaliciones de los partidos, por pragmatismo político, los dirigentes del PAN-PRD y Morena-Partido Encuentro Social (PES) mandaron al diablo lo más elemental de sus ideologías partidistas, que se supone forman parte inmanente de sus plataformas de gobierno, y decidieron formar una alianza que es equiparable, en términos biológicos, a la unión carnal de un perro con un gato.

De esa forma, sin la menor pudicia, se ve una alianza entre izquierda y derecha –por lo menos en el caso del PRD y el PAN–, lo que será materia de tesis para politólogos en las universidades. Por otro lado, entre Morena y el PES se entiende como una confirmación de la verdadera naturaleza ideológica de Andrés Manuel López Obrador: un político profundamente conservador.

Hasta cuando navegaba con la bandera del PRD –un partido, quiero entender, socialista–, Andrés Manuel nunca abanderó ni dio pábulo para desarrollar un debate en temas que enarbola la izquierda, como es el matrimonio entre personas del mismo sexo y su derecho a adoptar, la descriminalización del aborto, la legalización de las drogas u otros temas que por escabrosos a la moral ni los toca, pero que son fundamentales en el ejercicio de la libertad dentro de una democracia.

Por lo menos estos cuatro partidos atraviesan por una crisis ideológica, y al pasar este proceso electoral –en una mayor medida el PAN, PRD y Morena— van a sufrir una desnaturalización que les generará, a su vez, una crisis de identidad de consecuencias impredecibles. Lo que sí es una certeza es que la política cada vez es más gris, por la pérdida de los matices ideológicos, que en este 2018, más que nunca, se fueron al diablo.

Y es que a diferencia de 1988, 1994, 2000, 2006 y 2012, los ciudadanos teníamos una idea clara de la ideología que representaban cada candidato. Mejor aún, había un candidato de izquierda. Ahora esa diferenciación se difuminó hasta perderse en los nebulosos límites de los intereses partidistas.

El más dañado de estos raros mestizajes es Andrés Manuel, que pasó de la demagogia popular –con la impronta de izquierda— a la popular demagogia guadalupana –con la impronta de la derecha–; esto al unirse al partido demócrata cristiano PES, que es dirigido por los intransigentes miembros de las ligas de protección de la familia tradicional. Es, pues, la extrema derecha.

A parte de eso, su relación con un empresario como Alfonso Romo, tan cercano al salinismo que tanto critica, no se entiende sin los intereses económicos que ahora lo hermanan con quien en el 2006 lo injurió y calificó “como un peligro para México”. No sé qué tantos beneficios le pueda generar con el sector empresarial un empresario fracasado que está metido en la política, ni aliarse con un partido gazmoño como el PES. Allá los cálculos de López Obrador. Pero creo que son errores que le van a pesar en el 2018.

Por su parte, Anaya sigue sin capitalizar a los actores políticos principales del frente, como Miguel Mancera, a quien tiene soslayado. ¿Qué sentido tiene hacer una alianza con el PRD si no utilizas a sus actores políticos estratégicos y los integras por lo menos en el discurso? Pero lo más crítico es que carece del respaldo de los gobernadores del PAN, pues diez de 13 mandatarios no se presentaron a una reunión que convocó el candidato del PAN-PRD-MC. Lo dije en este espacio: un sector fuerte del PAN va a respaldar a José Antonio Meade. La lucha va a ser por el voto panista y el voto anti AMLO. Y eso lo sabe Anaya.

 

DOS PUNTOS

Dicen que “va abajo” y “no levanta”, pero un día sí y otro también hablan de él. Luego afirman que lo van a cambiar por otro más competitivo; el absurdo: y en qué les beneficia a Anaya y López Obrador un contrincante más competitivo. La estrategia es errónea, pues no se habla de alguien que está abajo y carece de competitividad. De Meade vamos a hablar en la otra colaboración. Está pendiente.

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