Antorcha Blanca

-¡Ah! ¡Por fin llegas! ¡Veinticinco años, veinticinco años…! Ven a reconocer mi piel y cara ya enjutados, a mis ojos que fueron grises, a mi sangre coagulada de odio.

Todo está fríamente oscuro, tu cuerpo más helado que el titanio se estremece a causa del calor naciente en tu interior. Abandonas la algidez de veinticinco años y eso te descompensa. Intentas palpar la crepita madera, aquella puerta de la cautividad de tu cuerpo, sin embargo, hace ya tanto tiempo que tus manos no se mueven, rígidas, embalsamadas al crucifijo de fierro.

-¡Calla Julian! No lo atormentes. A él también se le murió algo ese día.

Reconoces en esa súplica la cándida voz de quien te dio caricias de una madre; aquellas palabras llegan desde lejos, pero las sientes aproximadas a tu oído, como campanas tañendo tu conciencia. No haces caso, tu rabia es enloquecedora y te posee.

-¡Podrida alimaña! Te he dicho que vengas, ¡que abras el cajón! -injurias.

Tu voz en su autoridad innata, domina más allá de la oscuridad. Sientes, y esto te impresiona, como tu corazón comienza a latir en sus despojos.

-Ya sus párpados han caído, ¿qué otra pena quieres? -vuelves a oír a tu oído.

Quieres enfrentarlo, quieres dejar de respirar tu dolor y tu odio.

-¡Silencio! ¡Cállense! ¡Déjennos descansar!

Escuchas el unísono reclamo de tu familia, reconoces muy bien esas voces. Han hablado tus abuelos con sus caracteres imperiosos. Tú heredaste de ellos, por eso mismo no callas.

-¡Veinticinco años, con sus contadas horas, guardando cólera en mi sangre! ¡No me voy a callar! Si pudiera, le escupiría a la cara -e imaginas que tu saliva le salpica el rostro.

-¡Déjalo en paz, por piedad; hazlo por piedad! -insiste aquella voz en tu oído.

-Debiste ir a pudrir tu desbravada sangre a otro lado…. -mascullas.

-¡Está en su derecho! ¡Somos su familia! -lo defiende aquella voz.

-¡Él lo olvidó antes! -un grito desgarra tu garganta.

-No Julian. Hay que perdonar, te lo pido como el hijo que fuiste para mí. Porque tú y él fueron mis niños.

Te encabrona ese comentario. Te rechinan los dientes de tanto furor. Tus manos quieren despedazar el crucifijo que yace contigo desde hace veinticinco años, más de lo que viviste. Te retumba el corazón, pero una parsimoniosa frialdad te domina y respondes:

-Si usted dice que ese animal es mi hermano, entonces yo no soy su hijo. Recuerde, tía Carmen, mi madre es Sonneschein Ensch.

-¡Basta! ¡Basta por favor! ¿Acaso no ves que lo hago por los dos? A los dos los amo por igual. Él necesita el perdón en su alma; y tú, querido mío, Julian, necesitas brindar el perdón para que puedas descansar.

-Usted sólo finge llamarse madre mía. Lo defiende y lo defiende ¿y dónde quedo yo? ¿Quién me defiende a mí? ¿Quién ampara a Julian Ruelas Ensch?

Una voz te interrumpe y callas por respeto.

-Las tinieblas se llevaron a mi hermano hace mucho tiempo ¿Por qué éste no se quedó allá, si es tan malo y está lleno de culpas como dicen? Hacerle compañía a Miguel, a Eleazar, a mi preciosa María Griselda. Todos ellos penan allá arriba por culpas, por maldad o por locura… -dice quien fuera tu bisabuelo.

-Acá también nosotros penamos, pero a diferencia de ellos, aceptamos venir a yacer a la tierra con nuestros cuerpos, sin que éstos aquí moren sin alma -contestó Carmen.

-Tú que moriste -continuó el hombre ignorando a Carmen-, ¿has visto pasar a alguno de ellos entre las tinieblas?

-Dice que no quiere estar muerto -respondió una voz masculina, del cajón vecino al del recién llegado, es tu otro primo.

Las ansias vuelven a tu lengua entumida. Ahora no puedes callar, sientes como se contrae y desliza por tu boca. Tus labios se abren, ya nada los zurce, has sentido una y otra vez cómo se despegan de golpe. Me pregunto, ¿te duele trajinarlos tras estar consumidos veinticinco años? Eres un despojo, pero él todavía es carne y tú lo resientes con desprecio.

-¡Yo tampoco quería estarlo, Maclovio! Pero aquí me tienes, a cinco ataúdes de diferencia entre tú y yo. -Escupes rabioso.

Antorcha Blanca

 

Hannaly Higuera

 

La saliva salpica el techo del féretro, y se esparce como una profanadora mancha sobre tu última morada de descanso.

Un candor de luz lleno de imágenes se exhiben detrás de tus párpados, en tus ojos blanquecinos. El raudal de la vida se manifiesta en ti como un recuerdo y en tus desencarnadas sienes la sangre coagulada bate cada vez con mayor fuerza, volviendo a fluir enardecida como en los vivos.

Y tu voz queriendo asir el recuerdo, se hace oír con tanta fuerza que hasta tú mismo te inquietas ante el rejuvenecimiento de tu cuerpo. Cada reminiscencia entra por tus poros como un respiro efímero anterior a tu vida estancada. Mientras creas un reflejo vivo sobre tus restos, tu boca deja escapar cada detalle evocado.

-La mañana aquella, Ana Inés me había traído gardenias a la habitación. Dejé la puerta del baño abierta mientras me duchaba para verla, ella entró con esa túnica rosada cubriéndole por completo su pecho pero que dejaba sus piernas desnudas. Tiró a propósito una de las flores y se agachó abriendo sus piernas para dejarme ver sus muslos desnudos y la oscura selva en ellas. Luego se retiró apresurada; nunca volteaba al baño desde la primera vez que me vio desnudo, y sabía como siempre, cuanto la miraba con celo.

Bajé al comedor a las nueve de la mañana, sentándome a la cabecera de la mesa, doña Altagracia me llevó el plato, un guiso de chamberete con chile guajillo.

Recibí la carne en un horroroso silencio, enterré el frío tenedor en el trozo y deslice el cuchillo sobre él, me llevé el bocado, la blanda carne fue destrozada por mis dientes con tanta suavidad como si comiera un puré. Disfrutaba esa sensación, ese sabor.

Doña Altagracia regresó con las tortillas, las cuales soltó en el plato de porcelana.

-“¡AH!” –grité al quemarme las yemas por querer tomar una.

-“Cuidado, joven Julian. Usted siempre tan azuzado”- me aconsejó ella posando su raquítica mano sobre la mesa.

Me chupé los dedos para tratar de calmar el ardor.

-“Su padre era igual, usted lo heredó.”

Colocó el vaso que traía a un lado y señaló con su índice los dos jarrones con jugo o yogurt de betabel que estaban en el centro.

-“La sangre tinta.”

-“Y bromea igual que su padre.”

-“Hoy estás hablando mucho de él, doña Altagracia.”

-“Altagracia, hijo -me tocó el hombro y después alucinó con más pasión en cada nuevo detalle-. Hoy me parece que lo veo. Imponiendo su metro setenta y nueve, sentado donde ahora usted lo hace. Cabello gris y atezado, ese rostro donde encuadraba su abundante barba. ¡Ancho de hombros! Con sus brazos excesivamente largos, y las manos anchas y nudosas.

Lo estoy viendo comer como usted lo hace ahora -agregó dulcemente-. ¡Es más! Podría acercarme a esos ojos grises y encontraría más hermosos los ojos plata del joven Eleazar, porque déjeme decir que el gris de su padre era más hermoso que el de usted.”

Te imaginas a tu padre con aquella descripción. Dejaste de verlo cuando eras un niño y en la casona sus fotos fueron prohibidas. Tampoco aquí abajo, donde descansan los muertos, puedes hablar con él. Lo intentaste vanamente durante los primeros años.

Él pena allá arriba, donde tú no puedes alcanzarlo. Eso crees, pero te equivocas, en realidad él no puede alcanzarte a ti. Sientes un hormigueo de sangre a tu espalda, lo has sentido en otras ocasiones cuando piensas en él, pues tu padre yace enterrado en el cajón anterior. Es inútil, continúas tu relato ya indiferente ante la presencia estática de su cuerpo.

-Reí escandalosamente con la admiración que doña Altagracia profesaba por él, después de todo el gris de mis ojos no eran tan hermosos como los de mi padre.

-“Estaba seguro de que los heredé de mi señora madre.” -respondí con indiferencia.

-“¡Sus ojos! Oh, no. Son los ojos del joven Eleazar.”

 

 

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