Políticamente incorrecto: Contando inviernos

Y de pronto te preguntas ¿cómo llegué aquí? Es una fría y ventosa madrugada de enero, precisamente un 31, la luna brilla como pocos días en el año y la semana va cruzando su cintura. Estás en el segundo piso de tu trabajo, se escuchan murmullos y pasos afuera de tu oficina y sabes que no puedes evitar lo inevitable ni postergar lo impostergable. Claro, por eso tu novia estuvo rara estos últimos días, algo tramaba, algo iba a pasar, las personas no adquieren actitudes extrañas de la nada.

El reloj marca las 12:00 y la perilla de tu oficina gira, el viento que genera el abrir la puerta hace bailar esa centena de globos rojos que encontraste al prender la luz. Entran tus amigos con un pastel en la mano, cantando esa canción que a todos nos hace sentir incómodos pero que en el fondo siempre disfrutamos escuchar. Se enciende la vela entre risas y sonrisas, pides tu deseo y reflexionas que no podrías desear nada más de lo que ya tienes, una familia que te cuida, una novia que te ama, unos amigos que te respaldan, unos compañeros que no rajan y aliados listos para luchar. Amor, salud, trabajo, prosperidad, paz y luz.

Y de nuevo te preguntas ¿cómo llegué aquí? Recuerdas al bebé que arrojaba sus zapatos por la ventana del coche cuando mamá manejaba en las giras de papá, pequeño niño chiqueado que acompañaba a los mítines políticos, al robusto niño cachetón que se escondía para llorar, al puberto callado y solitario, al adolescente desvergonzado, al joven rebelde, soñador y mujeriego, al joven maduro, prudente y responsable, al ser que disfruta de comerse libros de filosofía, de jugar con la ambigüedad sexual, de poner a la gente a dudar, de hacer a los extraños repelar, que busca que todos logren su sueños, que todos logren sus metas, que no le tiene miedo a vivir y que espera que la muerte lo comprenda, que corre, que ríe, que canta, que escribe y sobre todo ama.

Me río de los mitos que hay entorno a mi persona, que si soy bueno, que si soy malo, que si soy libre, que si soy alienado, que si me vendí, que si me compraron, eso y tantas cosas que me tienen sin cuidado. Me gusta la rumorología, que hablen, que hablen, bien o mal pero que hablen. Se ha dicho y se ha escrito tanto que a veces las líneas entre el mito y la realidad se desdibujan, no sé si soy lo que dicen que soy, si soy lo que digo que soy o si en realidad soy algo en absoluto, sólo sé que feliz soy.

Es la congruencia, desde niño siempre soñé con tener el pelo largo como mis ídolos futbolistas, luchadores y roqueros. Me salí de mi casa a los 18 años y lo dejé crecer. No faltaron los insultos, “mariguano”, “maricón”, “nena”, y me lo dejé crecer aún más. Vale más profesar la libertad que decir amarla. Ahí radica la congruencia, en mantener nuestros ideales desde que comenzamos a subir la montaña hasta el momento que hay que bajarla, empero si queremos llegar a la cima, debemos aprender a adaptarnos, a no tener miedo, a tener más ganas de vivir que miedo de morir.

¿Cómo llegaré a donde quiero llegar? Pues como llegué aquí. Cuando una persona escala al piso más alto de un edificio y se arroja al vacío, tiene la certeza de que va a morir. Las personas como yo gustamos dar saltos al vacío, de poner en riesgo todo lo que tenemos para lograr un futuro mejor, saltamos al vacío sabiendo que si fracasamos tendremos vida para aprender y enmendar nuestro error, para comenzar de cero, para subir y arrojarnos de nuevo hasta que podamos volar, pero si volamos podremos llegar más alto para volver a saltar. Hoy es mi veintiochoavo invierno. ¿Quieres saltar conmigo? Te invito a volar.

Comentarios

Notas Relacionadas