La violencia psicológica.

En la historia está registrado que en las tres regiones que comprendían el Imperio Colimotl no se vivían guerras y conflictos armados longitudinales como los que se vivieron en otras regiones del país, inclusive durante la Conquista, el Virreinato, la Independencia, la Reforma y la Revolución, tampoco se presentaron.

Mas desde con la llegada de los españoles a América comenzó la implantación de la guerra psicológica para lograr el sometimiento de la población -buscaban no sólo la rendición física, sino también psicológica- a través de la implantación de las ideas religiosas.

En Colima no hay registro de esas luchas atroces provocadas durante el siglo XIX entre liberales y conservadores, mas sí se presentó la estrategia psicológica de esos grupos para imponerse cuando cierto grupo está en el poder. Durante los años 60 del siglo XX, con el arribo de las ideas socialistas y comunistas, en México comenzaron a desarrollarse estrategias de guerra psicológica, la entidad ya no resulta excepta.

De esos años hasta la fecha se han ido presentado diversas formas de estrategia psicológicas para someter a la ciudadanía y mantener el poder, lo lamentable, esa mecánica la han retomado algunos hogares para educar, máxime, el crimen organizado la usa, provocándose nuevas formas de barbarie y atrocidades que denominamos como violencia.

La violencia que permea en nuestro ambiente no es fácil de abatir, máxime cuando basan su disminución en un aumento de armas o elementos policiacos, demostrando que quienes combaten al narcotráfico a nivel nacional, no vislumbran que las agresiones acompañadas de una guerra psicológica para desaparecer al otro, solo incrementan la agresión y los actos atroces.

Esta situación día a día se naturaliza más, incluso se incorpora en la vida cotidiana, así como en las élites gobernantes, quienes miran los eventos violentos como una “estética de lo atroz”. Los candidatos en este proceso electoral 2018 han hecho suyo este lenguaje de violencia psicológica, ni uno, ni el otro, se salvan de impulsar este tipo de actividades.

Dejemos fuera a la clase política, vamos a la crueldad en algunos hogares: cómo hombres y mujeres realizan, ejecutan, apoyan –conscientemente o inconscientemente- actos agresivos a la hora de convivir, educar y jugar; su forma más explícita es la que denominamos maltrato.

No hay justificación o explicación para que un adulto movilice todos sus sentidos para agredir al ser amado –pareja, hijos, amigos-, lo cierto, podemos responder que no obedece a una maldad de nuestra naturaleza humana, sino al resultado de los conflictos individuales y sociales en los que estamos inmersos y que dominan la vida interior de la población y que finalmente son actos aprendidos.

¿Nos estamos acostumbrando a la violencia? El peligro es su naturalización, con la justificación de que el bienestar de unos pocos descansa sobre el malestar deshumanizado de muchos otros. Los partidos de oposición acusan al estado de ser indiferentes a los datos de asesinatos, la verdad, el conflicto lleva más de una década y los índices, en vez de ir a la baja, van en aumento por una estrategia que en los hechos se ha demostrado fallida.

Ante este escenario es urgente buscar una nueva mecánica desde el deporte, lo social, educativo y cultural, así como cambiar nuestra forma de vivir, actuar, lejos de la justificación, renunciando al control, a la incapacidad de justificar actos antidemocráticos, que son transmitidos de generación en generación ideológicamente.

Hoy ese herencia cultural es afluente para que el crimen organizado reclute jóvenes, contar con sicarios que tengan niveles altos de deshumanización, que llevan a cabo acciones sin temblar, ni sacudirse emocionalmente; nosotros tenemos la respuesta: cambiamos los niveles de atrocidades hacia nuestra familia y los otros, o esto no disminuirá, sino lo contrario. Es urgente hacer algo en este tema.

 

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