Los (no tan) monstruos de la historia.

Desde los tiempos (in)memorables donde el rey aplicaba su justicia, la historia en ocasiones suele ser un verdugo insensible, parcial e incansable. El simple aleteo del interés mayor ha borrado la huella de pueblos enteros, reinados e individuos.
La historia en su énfasis de la conservación de una verdad a medias tiene sus métodos muy establecidos y prácticos; a algunos los desaparece, a otros los desplaza y existe un nicho muy especial de los que distorsiona. El primero de ellos está reservado para lo que no tiene caso recordar, el segundo, para lo que no es conveniente recordar, y el tercero y más cruel, está reservado para la exigencia de quien mueve el pandero.
Nada trasciende si se desplaza o se desaparece, es cruel, pero compasivo, puesto que la memoria y legado quedan intactos, no se tergiversa ni se retiene, solo se deja pasar. En el caso de la distorsión, ocurre todo lo contrario, puesto que, carente de toda compasión y fuera de todo contexto, se omiten algunos detalles y se potencian algunos otros. Es como contar la peor versión en el momento justo, un acto ruin pero efectivo.
En el caso de este texto al culto político en el que no se observa toda la realidad, sino matices muy específicos, bocetaré un par de ejemplos de esto, una visión sencilla de lenguaje común, que no reta ni pretende incomodar, sólo conmemorar. Hay que aplaudir lo aplaudible y desdeñar lo detestable; insisto, querido lector, esto no es para vitorear o cambiar su percepción, es solo un simulacro de la realidad.
Tres presidentes, que, como entes malditos, han sido azotados por el desdén social. Tres figuras que en el parecer de algunos son tótems icónicos de la desgracia nacional y en el parecer de otros -entre los que me incluyo- representan algo más que lo que nos han logrado contar.
El primero de los casos, que no guarda otro orden que no sea el cronológico, es el de don Porfirio, el general que México imploraba en ese momento, una figura tan incomprendida, que definen como portador del único pecado de envejecer. Don Díaz, bajo el icónico lema de orden y progreso, trajo el orden que la naciente nación requería y el progreso que se traspapeló en el escritorio de algún historiador.
Un militar duro, tan duro que fue un (si no que el primero) promotor del desarrollo humano nacional más allá de lo económico. Previo al prolongado mandato prácticamente estábamos en la frontera de salida de una especie de feudalismo. Marcó un legado silente al traer los trenes, el cinematógrafo y a la primera doctora introduciendo el abuelo del lenguaje con perspectiva de género.
El siguiente de los casos es el de don Carlos; el “innombrable”, un antihéroe de la historieta fantástica de la ‘mafia del poder’ que hizo posible el México moderno que conocemos. Un hombre que ha sido marcado en el imaginario colectivo con el estigma imborrable de ser lo peor de lo peor. Este caballero que, de manera más contemporánea, comparte el azote histórico con el General Díaz, es el artífice de que el mundo nos volteara a ver a nuestra Nación más como un amigo que como un extraño. Don Salinas realmente abrió las puertas de un nuevo México al mundo; cimentó la modernización -a través de la tan mal entendida privatización- del país fomentando con pericia económica la solidaridad entre los paisanos haciendo las fronteras efímeras, acercando los unos a los otros mientras recibíamos de buena manera la competencia que nos brindó servicios y productos de calidad.
Y el último caso que tocaré es el del presidente Enrique Peña Nieto, un hombre tan criticado por unos y un estadista tan ovacionado por otros, que representa el matiz más reciente de una neo-democracia en un México posmoderno.
En el caso del último heredero de Atlacomulco, encontramos un hombre que, aún ante el asedio de miles y millones de memes, reclamos y problemas profundos, se mantuvo firme ante un pacto por la transformación de México, logrando fincar instituciones que desde la competencia económica nos han acercado a una mejor realidad.
Muchos me atacan y atacarán por tener en especial estima a los antes mencionados, pero la grandeza de su legado es tangible en cada momento de nuestras vidas, por ejemplo; los reto, mis queridos lectores, a que no disfruten el arte de don Porfirio, que nieguen las ventajas del TLC Salinista, sin aprovechar la comodidad y precio en comunicación de este sexenio. ¡Ah, verdad!

Pd. ¡Súper tache a los –de por sí pocos- senadores de mi partido! No se pueden decir una “oposición responsable” cuando al chasquido de unos dedos apoyan y toleran las cochinadas de la cuarta transformación, y el sena-gober de Chiapas, al no respetar uno de los más grandes pilares de la democracia. ¡Irresponsables!

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