Homilía: Dos hijos desiguales

 

Hoy tenemos una invitación de Cristo a una buena actuación, por algo que sucedió en el Templo de Jerusalén, un centro de poder político, económico e ideológico de Israel. La parábola de hoy, es una invitación a responder: “¿Qué opinan de esto?” Se trata de algo personal. Dejemos a un lado la conducta de los demás. Cada uno examínese y responda según sea y conforme sean las ideas personales, como diciendo: “Yo, ¿cómo soy y qué haré? Es urgente ese YO, porque pronto nos preocupamos de los otros.

Cuando Cristo y sus apóstoles llegaron al templo, se dieron cuenta de una discusión cerrada. Cristo quería la respuesta personal: “¿Qué opinan de esto?” Otra vez, rápido están dos cosas cuya respuesta dirá lo que son y ambicionan los que responderán: “Hijo, ve a trabajar”. Uno respondió ya voy, pero no fue; otro respondió no quiero ir, pero se arrepintió y fue.

Muchas veces, son muy fuertes nuestros gustos y caprichos, la falta de conocimiento de la doctrina de Cristo, y hacemos lo que queremos, sin escuchar las invitaciones que nos hacen personas rectas y nuestra conciencia. Dicen muchos jóvenes de hoy: ¿Y si no quiero? Con esas personas se pierde el tiempo con aconsejarlas, con invitarlas a reuniones, con aclararles las cosas. Son como el hijo malo que respondió: “No quiero ir”. Actuó como dice en otro lugar el evangelio: “Honran a Dios con los labios, pero cuyo corazón está lejos de Él”. Examinemos si no actuamos como ese hijo. Tristemente vemos que en las comunidades cristianas abundan esos hijos. Se creen perfectos porque rezan mucho, otros porque dan limosnas, otros porque son amigos; pero ante Dios están dejando otra imagen; son una mentira. Era hijo, vivía en la casa del padre, recibió la petición de su padre, pero, “no quiero ir”. Cuidado, es el mayor grupo de hijos de Dios, actualmente. Dicen en el pueblo: “De lengua me como un taco”.

El otro hijo, no era bueno, también andaba mal. Pero se arrepintió de haber dicho: “No quiero ir”. Se arrepintió y fue. Era un hombre que sobrecogido por los remordimientos de su conciencia, se arrepiente y se salva. Nos dice San Ambrosio que el remordimiento es una gracia para el pecador. Sentir remordimiento, escucharlo, prueba que la conciencia no está totalmente apagada. El que siente su herida, desea la curación y toma remedios, donde no se siente el mal, no hay esperanza de vida.

Tenemos en la Iglesia a miles de santos que fueron pecadores. Reconocieron que estaban equivocados e iniciaron una vida nueva. Son muchos: San Ignacio de Loyola, San Agustín, San Francisco Javier y… tú, lector que después de este domingo serás diferente. No recuerdes ni lamentes tu pasado. Ve hacia adelante, reconoce tus grandes cualidades, tus valores personales; ve cuánto necesita tu entorno social y decídete a actuar. Cuántas personas malas han avanzado, después de arrepentirse; miles y miles han escuchado la voz de su conciencia y no le han hecho caso. Dicen en el pueblo: “Te la das de muy, muy”. Cuidemos que no nos llegue la expresión de Cristo: “Ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él”.

 

Homilía: ¿eres hijo bueno o malo?

Hoy se nos revela que la salvación sólo puede ser acogida por quien está dispuesto a regresar con Dios, arrepintiéndose del mal hecho y abandonando sus caminos de pecado. Cristo sabía perfectamente que todos los hombres pueden ser pecadores, que cada persona debe dominarse ante el mal y buscar el bien: “Dominen la tierra, sométanla”. No creamos que con rezar se tiene todo y querer que Dios nos dé todo sin actuación con Él de parte nuestra. Quien peca a escondidas, nunca es motivado a la conversión a través de una llamada que le venga por parte de los otros, porque continúa siendo estimado por aquello que de su persona aparece al externo. Esta es una “enfermedad” muy extendida.

En el evangelio de hoy, nos damos cuenta de dos actitudes. Veamos a cuál pertenecemos: El papá le dijo a uno de sus hijos: Hijo, ve a trabajar hoy. Contestó: Ya voy, pero no fue. Aquí debemos examinarnos. Sabemos que somos católicos, muchos conocen la doctrina de Cristo, hasta son misioneros, predicadores y de grupos de iglesia, recibieron los sacramentos, llaman Padre a Dios y Madre a la Virgen, pero no viven la doctrina; tienen una conducta externa de santidad y otra secreta de maldad: “Ya voy, señor, pero no fue”. Cuidado antes de presentarse ante Dios. Cuánta apariencia de perfección cristiana se tienen: con el tiempo, van degenerando la religión. Estudiando la historia, desde Cristo, nos damos cuenta de grandísimos errores.

El padre se dirigió a otro de sus hijos, igualmente le mandó que fuera a trabajar: “No quiero ir, pero se arrepintió y fue”. Veamos la importancia del arrepentimiento cuando hemos descubierto que está mal nuestra conducta, prometemos y cambiamos de vida hacia el bien. Si no se arrepiente una persona que anda mal, la doctrina y su conciencia le están diciendo que anda mal, merece la expresión de Cristo contra los sacerdotes y ancianos del pueblo: “Los publicanos y prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios”. Es importante nuestra conducta: No decir no a lo que debemos hacer, arrepentirnos y decir sí, aunque hayamos dicho “no”.

Es importante el arrepentimiento. Muchas veces nos hemos equivocado. Aquella expresión de Cristo: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”. Cuántos fueron grandes pecadores, se arrepintieron y llegaron a ser grandes santos. Cuántos se la pasan criticando y comentando las maldades de los otros, se mueren sintiéndose santos y luego inician los comentarios de verdades conductuales. Seamos como el hijo que respondió: “No quiero ir´, pero se arrepintió y fue”. Cuidado. No vaya a decirnos Cristo: “Te hice mi hijo desde el bautismo; te di a María, mi madre, como madre tuya; te prometí darte todo y ayuda en los demás sacramentos que recibías y nunca me hiciste caso, hasta te fuiste a otras religiones, te burlabas y te preocupabas por tener más dinero, robabas y te sentías inteligente porque te sabías ocultar, apartarte de mí”. Muchos nos equivocamos, pero vamos regresando al Señor. “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”, nos dice hoy Cristo.

Antonio Flores Galicia

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