Jonás Larios Deniz

“Pepillo, el arrierito”

Con mucho gusto leo una y otra vez el libro de Historia Patria de primer ciclo que publicó Gregorio Torres Quintero en 1908, el texto se titula “La Patria Mexicana Elementos de Historia Nacional”, que se presenta en tres ciclos como manual (ahora llamado libro de texto) para la escuela primaria de aquella época (Vázquez de Knauth, 1970, citado en Castañeda, Galván y Martínez, 2004: pág. 164). Me gusta porque se escribió en un lenguaje cálido, para niñas y niños. Es atractivo además, porque inserta conceptos de ternura y amor al prójimo como parte de la lección que instruye sobre los valores cívicos. Torres Quintero propone un concepto profundo de patria y de ciudadano, que cala hasta el tuétano. El personaje que más llamó mi atención es “Pepillo el arrierito”. Se trata de José María Morelos y Pavón, prócer de la Independencia de México, conocido oficialmente como “El Siervo de la Nación”. Torres Quintero escribió una especie de precuela de las historias planteadas por muchos otros autores que abordan los personajes de la independencia. Está narrada en forma de caricatura o cómic al estilo “Memín Pinguín”, que durante décadas fue deleite de chicos y grandes. A continuación se transcribe el fragmento donde se presenta al insurgente como un niño amoroso y obediente con su madre:

Caballero en la yegua, va un muchacho de rostro moreno. Sus ojos brillan como bunclos bajo el arco de unas cejas espesas y obscuras. Va callado y pensativo.

Por lo demás, aquel niño habla poco; pero ahora se obstina en no cantar como otras veces algún sonecito costeño. Solo de cuando en cuando algún entrecortado suspiro se escapa de su robusto pecho.

-¿Qué tienes, Pepillo? ¿Por qué vienes tan tristón?, le pregunta el dueño de la recua.

-Nada, tío Felipe. Es que vengo pensando en mi madrecita.

-¿Sigue diciéndote que seas cura?

-Sigue todavía. Cada vez que vuelvo de México me lo dice, cada vez que nos vamos a México me lo repite.

-Ya te tendrá enfadado.

-No, tío; mi madrecita no me enfada nunca. Yo quisiera complacerla, quisiera estudiar para padre; pero…

-Vaya, chiquillo. ¡Déjate de penas! Yo te haré arriero, que es oficio de hombres honrados, fuertes y valientes. ¡Que no se hagan curas los rezanderos!

-Yo no soy rezandero, pero soy católico.

-Enhorabuena. Pero sigue siendo arriero. ¡Ea! Ya le diré a tu madre que no vuelva a mortificarte. Voy a adelantarme, Pepillo, para llegar pronto a la Venta; ¡ten mucho cuidado con esa caponera!

Y el tío Felipe espoleó su caballo y partió al galope por el tortuoso camino.

El arrierito vio alejarse al jinete y siguió pensativo. Pero a poco murmuró entre dientes:

– «Dice bien mi tío Felipe. ¡Seré arriero!»

Un mes después estaba Pepillo de regreso en Acapulco. Apenas bajó la caponera, corrió a su casa para abrazar a su madre. Después de darle un beso, le dijo: -«Aquí te traigo esto».

Era un pobre regalo que había comprado en México con la pequeña gratificación que le diera su tío.

La buena señora acarició a su hijo enternecida.

-¡Dios me conceda que algún día seas cura!, exclamó estrechándolo contra su corazón.

Pero el hombre, ni aun en medio del rudo oficio, dejó de sentir en su corazón la ternura filial de su niñez. Cuéntase que nunca abandonó la bella costumbre de llevar un regalo a su madre al regreso de cada uno de sus viajes. Ella tampoco dejó de repetirle estas palabras: “Yo deseo que seas cura”.

Y el arriero próximo a cumplir los 30 años de edad, entró al Colegio de San Nicolás, en Valladolid, que dirigía don Miguel Hidalgo y Costilla (Torres Quintero, 1913:103-104).

El 30 de septiembre se conmemoró el 249 aniversario del natalicio de José María Morelos y Pavón en las escuelas primarias de Villa de Álvarez y Colima que llevan su nombre. Se llevaron a cabo ceremonias cívicas, presididas por el secretario de Educación, José Guillermo Rangel Lozano, y los presidentes municipales respectivos. En mi opinión, es necesario y urgente que las figuras de héroes y heroínas de la patria se presenten a las niñas y niños del siglo XXI para que construyan ideales cívicos y construyan sentido de pertenencia del mundo que habitan. En la historia de Pepillo, el arrierito, se hace alusión al respeto de un hijo por su madre, manifestada en obediencia amorosa. Propongo que los directivos de las escuelas del estado de Colima que llevan por nombre “José María Morelos y Pavón” lean en una próxima ceremonia cívica la narración aquí referida. Los textos sobre historia patria de Gregorio Torres Quintero pueden consultarse en el disco compacto interactivo Qui qui ri qui ¡No quiero flojos aquí! de Ma. de los Ángeles Rodríguez Álvarez, editado por la Universidad de Colima en 2004.

*Profesor-investigador de la Universidad de Colima

Jonás Larios Deniz*

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