Camino Real

Nomás empezaban a poner los nubarrones en señal de que pronto llovería, se escuchaba la cantadera de ranas y sapos. Cantaban de noche y se dormía a gusto oyéndolos, unos en tono de tenor, otros de barítono. El ‘croar’ –cantar, dice el diccionario- era a veces pausado, aislado, discreto; otras veces era un concierto de locura, de cientos de batracios cantando a la vez en un desorden melodioso, mágico y arrobador. ¿Dónde estaban antes? ¿De dónde salían, si en la temporada de secas no se les veía ni oía por ningún lado? ¿Estaban debajo de las piedras? ¿En las oquedades de los árboles? Los campesinos, como mi padre y mi madre, decían que su canto atraía la lluvia: -Ya no tarda en llover… ya están cantando los sapos y las ranas. Y efectivamente, a pocos días de empezar sus cánticos, llovía.

Cuando era niño estaba convencido de que el canto de sapos y ranas “llamaba” la lluvia; no había duda, pues bastaba que lo dijeran papá y mi mamá para creerlo. Por eso desarrollé una veneración hacia esos animales, que perdura hasta nuestros días; me encanta oírlos croar, no obstante que una vez tuve una aventura desagradable con un sapo de buen tamaño, todo prieto y rugoso. Me lo encontré detrás de la casa debajo de unos trebejos y, obvio, empecé a molestarlo arrojándole piedras pequeñas y golpeándolo con una vara, nomás para verlo inflarse y cómo se ladeaba, al mismo tiempo que, del lomo, de unas glándulas invisibles le brotaba “leche” como por arte de magia, lo que me parecía muy gracioso. A tanto toma y dale, de repente, con puntería inexplicable, lanzó un chisguete de “leche” que me impactó en un ojo. No supe si lo lanzó por el lomo o por la boca. Aterrorizado, de inmediato empecé a sentir que se me cerraba la garganta y un sabor de la tiznada en las glándulas gustativas. Corrí con mi madre y, llorando de puro espanto, le narré la sucedido. –¡Ándele!, para que no vuelva a molestar a los sapos, me dijo; y diciendo y haciendo empezó a limpiarme el ojo -que para entonces temía yo que lo perdería-, con sus cabellos que le bajaban hasta media espalda, con ellos hacía una trenza espectacular. Maravillosos cabellos que, en dos por tres, me devolvieron la visión al limpiarme aquella sustancia que era la formidable arma de un sapo tormentero.

Ahora ya sé que las ranas y sapos no cantan para atraer las lluvias como todavía cree la gente de campo, sino que su época de apareamiento coincide con la llegada del temporal, y es entonces que se sueltan cantando para atraer a las futuras mamás y papás de tantos renacuajos como luego se ven por miles y miles en los estanques y charcas… y también sé, desde entonces, que no hay que molestar a los sapos. Por estos días, al iniciar las lluvias escuché cantar a una rana –una solita- acá en la ciudad, y la nostalgia de los días y los años de mi infancia campesina vinieron a mí, y vino también mi aleccionadora aventura con aquel sapo. Y se me ocurrió escribirlo. Usted ha de perdonar semejante abuso.

MESÓN

Las acusaciones al gobernador Mario Anguiano tienen el sello de los desquites por cuestiones de tipo político, de esas que se hacen a finales de cada sexenio al término del mandato… ¿Hasta ahora les llegó lo justiciero?… LOS PROFES y profas que entregaron un pliego petitorio a los diputados locales y otro –el mismo- en Casa de Gobierno, en el que piden que desaparezca la evaluación como un requisito para la permanencia (laboral), lo que realmente están pidiendo es que el Ejecutivo y los legisladores violen la Constitución… ¿O no?… ¡Arrieros somos!

Esteban Cortés Rojas

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