¿Seremos siempre un país corrupto?

Según el Foro Económico Mundial, nuestro país se encuentra en el décimo tercer lugar por sus índices de corrupción, pero según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), México ocupa el nada honroso primer lugar, es decir, nos califican como la nación más corrupta del mundo, de un total de 130 países, lo que ciertamente debe ser motivo de vergüenza para todos los mexicanos.

El tema de la corrupción es algo que ha empezado a tocar fondo entre la sociedad mexicana y ello ha propiciado que se esté trabajando ya con la creación de leyes y organismos que combatan este tipo de situaciones, cuyo origen tiene que ver mucho con la idiosincrasia y aspectos culturales impuestos desde la conquista que se han ido tatuando en los mexicanos a raíz de un sistema político muy defectuoso, producto de las propias desigualdades sociales y económicas, la injusticia y la impunidad a lo que siempre está ligado todo acto de corrupción.

Vale recordar que si bien existe la debilidad humana, la corrupción en México surgió desde el momento mismo en que Cortés desobedeció las instrucciones del Rey de España de no aplicar en la Nueva España la encomienda, un sistema de esclavitud que, en Las Antillas había dejado mala experiencia por la desaparición de la población indígena, víctima de los malos tratos, enfermedades y la mala alimentación. Aquí, Cortés tras la caída de Tenochtitlan, repartió tierras, pueblos y personas a los encomenderos, quienes tuvieron que apoyarse en los capataces y auxiliares para recolectar los tributos, lo que propició que algunos comenzaran a burlarse de las disposiciones ofreciendo dádivas a cambio de no cobrarles los tributos que debían entregarse, tanto al encomendero como a la corona española. Es desde entonces que el problema se fue configurando como parte de la forma de ser del pueblo.

Lo grave es que esto se fue complicando, ampliándose a todas las actividades, responsabilidades y obligaciones de los individuos, hasta llegar a la propia familia, donde la omisión, la irresponsabilidad, la mentira, la infidelidad y muchas otras formas de conducirse, dieron paso a una cultura de la corrupción porque en todo se ve la oportunidad de sacar ventaja en forma indebida.

Ya desde el gobierno de Miguel de la Madrid se hizo énfasis en la necesidad de combatir las conductas indebidas a partir de reconocer que la corrupción somos todos y que la moral social en México arrastra una serie de lastres porque desde el seno de la familia, en las organizaciones sociales, en los partidos políticos, en las empresas, en los gobiernos de todos los niveles y hasta en los grupos religiosos más conservadores, se dan actos inmorales de todo tipo, sean por hechos o por omisiones, por incapacidad o por negligencia.

Revertir este vergonzoso panorama no será fácil, menos si sólo nos atenemos a la existencia de nuevas leyes u organismos que tengan como propósito combatir la corrupción, pues al ser una forma de ser tan arraigada, se requiere trabajar mucho en todos los ámbitos, comenzando por la familia, la comunidad, las sociedades más complejas y desde luego en el gobierno. Esto implica que desde los primeros años, en la familia y en la escuela, se promueva una nueva cultura de valores orientada precisamente a no ser corrupto ni corruptor.

La tarea no puede ser nada fácil si consideramos que además del profundo arraigo de los vicios vinculados a la corrupción, existen muchos otros factores que contribuyen a generar conductas inmorales, como son la impunidad, la desigualdad, un deficiente sistema de justicia, la pobreza y el desempleo, solo por mencionar algunos, de ahí que lo ideal es trabajar con un programa integral que abarque desde la educación en valores en la familia y la sociedad, hasta la existencia de instituciones públicas sólidas, honestas y dignas de credibilidad.

El problema es que, mientras todo gire en rededor del materialismo, los afanes de riqueza, de fama y de poder, sin fortalecer antes los valores de lo ético y lo moral; mientras la educación se oriente a preparar para la competencia y no para la cooperación; que se sustente en la idea de tener más que en la de ser, muy poco podremos avanzar para quitarnos la mala fama. Pero aún hay esperanza.

 

Imagen de www.expovirtual.unt.edu.ar

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