Identidad mestiza: plurilingüismo

¿Qué lengua hablamos? La pregunta no es oficiosa ni retórica, al relacionarse íntimamente con la identidad personal y colectiva. Siguiendo a Mario Bunge, primero fue el “homo loquens” que habla, precedió al “faber” o “sapiens”, en fin, sea como haya sido, la consecuencia es que la lengua involucra toda la experiencia social en una comunidad, pues es a través del lenguaje que interpretamos al mundo. En ese sentido, sin una misma lengua compartida no existiría la sociedad, pero además el lenguaje comporta los valores que atañen a quienes integran el grupo, y por lo mismo está regulado por normas, no tanto las gramaticales sino el qué y cómo se dice.

El lenguaje es el instrumento de comunicación humana por excelencia, que ha codificado elementos cuyo sistema funciona con un rigor más lógico de lo que a primera vista se podría suponer, así es en las más de cinco mil lenguas actuales; en su ir y venir constante, el lenguaje se asienta en un ambiente concreto, pero transita constantemente en doble sentido y cabe un retruécano: si el hombre primitivo inventó el lenguaje, la palabra hizo al hombre; tomando hombre como nombre de la especie humana.

En cuanto a la identidad, está configurada por múltiples elementos subjetivos y objetivos que proporcionan un sentimiento de pertenencia a algo que lo trasciende, se expresa mediante el intercambio de pensamientos, que enuncian cómo nos percibimos y cómo somos percibidos, se diría que cada persona es una representación mental que se hace oralidad; en nuestro contexto mediante el español. Esto obliga a hacer un alto.

La cuestión de la identidad se complica al pensar que el español es una lengua nutrida por muchas otras lenguas, que al integrarse han derivado en la formación no de una sola sino de una amplia variedad de culturas hermanas, una es la mexicana. Por lo anterior, afirmaríamos que la lengua depende de la cultura y viceversa, de ahí que con la lengua se transmita la identidad, se asiente la biografía de un pueblo, se registre la historia de una nación. Vale entonces un poquito de historia.

El español o castellano es una lengua romance, viene del latín, lengua imperial romana, pero hace ya unos 10 siglos, del siglo XI, datan las “Glosas Emilianenses”, en ellas se leen anotaciones en latín, romance y vasco. Anotemos que el griego ya se había introducido en el latín cuando, parafraseando a Manuel Acuña, Roma conquistó a Grecia, pero Grecia educó a Roma. Aceptando el relativismo de la “verdad histórica”, que equivale a “en tanto no haya evidencia en contra”, estas glosas de San Milán o de Silos muestran una lengua que no es latín y parece castellano.

Una lengua es una mezcla de otras que se diferencia progresivamente de las progenitoras, por ende no tiene una fecha de nacimiento exacta, sino que parla que te parla, se modifica de modo constante; las voces se difunden por el aire y la conciencia identitaria y cultural las admite o rechaza, pero con suma lentitud, pues se ubica en la “larga duración temporal”. La evolución del español, como toda lengua, parece estar soterrada hasta el momento en que, al escribirse, parece exclamar: aquí está el español, lo cual se asevera con base en el más antiguo testimonio de que ya no es latín, sino que es castellano o español. Pues lo mismo le pasa a la identidad, se va conformando a partir de otras que le preceden.

Transcurren más siglos y a finales del XV se daría el gran choque de identidades y culturas, a causa del gran trasvase humano que difunde el español, hoy hablado por unos 335 millones de personas; mas no solo se difunde la lengua, sino que, dado el criterio hispano, bastante abierto a la mezcla de razas y culturas, se origina un enorme mestizaje; a únicamente un siglo de distancia, ya se introducía en el castellano una riqueza de vocabulario asombrosa que cual torrente caudaloso alimenta al español clásico que denominamos arcaico.

Una enmarañada conjugación de hechos se traduce con la tranquila pereza de Cronos, en una pluralidad social y cultural, por ende lingüística, al grado que la sociolingüística tendrá que estudiar la complejidad del comportamiento humano originada por el lenguaje en una sociedad, dándole valores significativos y simbólicos a las palabras y confiriéndole identidad propia.

Escarbando, solo poquito, en busca de las raíces del idioma, topamos con una infinidad, y al hurgar entre ellas se impone el plural, indispensable para la lengua española, lo mismo que para lo racial o étnico. Ya es tiempo de acostumbrarnos a un hecho: la humanidad dando tumbos por el mundo, yendo de un lado para otro, es profundamente mestiza… en el camino andamos y ahí nos encontraremos.

Ya la Europa estaba mestizada cuando llega a las Américas, también en plural, por la diversidad de pueblos y culturas, cada una con su lengua; de lo expresado, quedan dos ideas: identidad mestiza, por más que alguien pregone un origen puro, no hay pureza de sangre a estas alturas de la movilidad humana; plurilingüismo, en este caso del español, también mestizo.

Identidad: se dice que somos lo que comemos, lo que leemos y lo que hablamos, pues sí, porque vamos construyéndonos y adquiriendo identidad propia a través de lo que hemos asimilado culturalmente; la cuestión es que la identidad es tan cambiante y adaptativa que, no se podría negar, sigue el proceso evolutivo darwinista; implica la sobrevivencia de una especie que se alimenta de productos cultivados en todo el orbe, lee lo que escriben autores de todo el mundo y habla una lengua forjada por muchas otras.

La identidad se define como el reconocimiento claro y consolidado de la personalidad propia y diferenciada; sin embargo se forma bajo la influencia de la identidad colectiva, involucrando la cultura. Si identidad es la forma como nos percibimos, reconoceríamos que en nuestra persona existen facetas distintas, por lo que, sin meternos en lo psicológico, deberíamos considerar la identidad múltiple, desde la santidad a la del pecador más irredento.

La persona, como individuo, se identifica con las preferencias en valores, normas, conductas, etcétera, pertenecientes a la sociedad en que nace y habita, incluida una misma lengua, pero el español varía según la región, desde el acento hasta los modismos o aportaciones lingüísticas que se han introducido. Valga escuchar: “Qué difícil es hablar el español” (https://www.youtube.com/watch?v=-5_PuValbas).

Cada palabra encierra una idea, una memoria, por esto, además de ser instrumento de comunicación, la lengua sirve de fundamento organizador de la cultura; al hablar y escribir se estructura la realidad, que no se crea, únicamente cambia; en cierta forma da fe del axioma Lavoisier (1743-1794): la materia –identidad- no se crea ni se destruye, solo se transforma; igual la lengua, en constante cambio, agrega voces, significados y símbolos.

No existen lenguas que organicen y estructuren la realidad de modo perfecto, para reflejar o transmitir exactamente el sentimiento y el pensamiento humano, por esto frecuentemente nos queda algo, como una comezón interna de que pudimos decirlo de otro modo, para que se comprendiese “lo que quisimos decir”: ¿Me entiendes Méndez o te explico Federico…?

Recurramos a la voz de Carlos Fuentes: posiblemente el inglés sea más práctico, el alemán más profundo, el francés más elegante, el italiano más gracioso y el ruso más angustioso, pero ninguna lengua tiene la elocuencia, la belleza y el repertorio más amplio del alma humana, de la personalidad individual y de su proyección social, que el español.

En cuanto a la identidad mestiza y el plurilingüismo en el español, Carlos Fuentes opina: está compuesta de muchas herencias, de andariegos e inmigrantes, modelada por enormes flujos de gente en movimiento llevando cultura; una lengua para darle a la globalización la idea de encuentro y no de separación.

 

mirtea@ucol.mx

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