Atracadero de sombras: Calamidad al acecho

A Florencia Cazares le han dicho que el término chikungunya significa inclinado. Ella, a su vez, sospecha que el vocablo proviene de algún país africano. A Florencia le caracteriza su andar esplendorosamente erguido, a la usanza de la mujer wuatusi. Su columna vertebral da la impresión de estar sostenida por un extraño hierro adherido a sus huesos. El estilo de moverse de un lado para otro, advierte a una Florencia cuya elegancia, proveniente esencialmente de esa espalda erecta, parece imposible de doblarse.

Todo el día de hoy, a Florencia no se le ha visto por ningún rumbo de la ciudad. Los rumores aseveran que padece el mal de chikungunya, igual, entonces, que la muchedumbre de inclinados, habitantes de esta región cerca del Mar de la Mariposa Azul, por el borde Occidental del Océano Pacífico.

¿Pero, Florencia será ahora una inclinada más, difícil de creer si consideramos el atributo respecto a su postura enhiesta, digna de admiración entre todos sus conocidos?

Apenas ayer durante la tarde, Florencia había nadado sus 10 kilómetros de costumbre en la Alberca de los Caballos, en lo que antaño se ubicara la Huerta de Zenorina, un notable vergel de mangos, en pleno centro de la ciudad. Su cena fue impecable, de acuerdo a su intenso entrenamiento. Su salud, desde luego, es envidiable. La figura de Florencia, no tendría por qué resentirse ante el recuerdo de alguna efigie ni más ni menos que de Cleopatra V11 de Alejandría, esa que se metería a la historia universal como la significación tentadora del romano Marco Antonio. Florencia Cazares, en todo caso, representa en estos territorios de exuberancia tropical la imagen viva de la seducción ante no pocos paisanos y uno que otro forastero asentado en estos parajes próximos a la costa, donde, decíamos, la chikungunya parece estar fortalecida ya bajo el manto de una pandemia inevitable. Frente a lo inesperado, las autoridades sanitarias y de salud han exhibido una ineficiencia escalofriante ante el embate de un fenómeno crucial, mostrando palmariamente aquella actitud cómoda e indeclinable de oídos sordos y vista ciega.

¿A qué hora el mosco terrible transmisor de la fiebre del chikungunya penetró con su aguijón infestado la epidermis de la hermosa Florencia? Por la mañana del día siguiente, intempestivamente, ella aparentó ser otra Florencia. En pocas horas, su transformación reunió el increíble matiz de lo que pudiera fincarse como inaceptable

No puedo caminar; ahora ya sé lo que es doler hasta el alma. Todas mis articulaciones de todo mi cuerpo parecen reunir una especie de metástasis demoledora. Mis ojos están hinchados de tanto dolor, igual que mi cabeza. Acostarme resulta una tortura. Mi entumecimiento físico es absoluto. Por lo pronto, intento dormir sentada en este equipal. Mas el intento termina por ser vano. El insomnio siento que me carcome. Mis pies se han metamorfoseado en unos fardos achacosos, incapaces de obedecerme. Padezco la impresión que en las plantas de mis pies tengo una infinidad de espinas clavadas. Carezco de la mínima fortaleza. Impedida, incluso, para voltear de un lado hacia otro y menos puedo arrastrar el peso de una pluma sobre el papel. La vulnerabilidad de un prójimo aquí la veo por los suelos, en no menos de 360 segundos. Lo mismo sucede pronto con el orgullo pisoteado de una atleta antes imbatible. El Sol, otrora mi aliado, en estas fechas se significa como un enemigo potencial. Mi rostro y toda mi piel empiezan a llenarse de ronchas entre rosas tenues y rojizas encendidas. El prurito me obliga a rascarme con desesperación, al punto que empiezo a causarme unas alarmantes heridas en mi estructura corporal. Los lóbulos de mis ojos han adquirido un color amarillento. Mi apetito ha desaparecido por completo. Tampoco se me antoja el agua. Nada, en conclusión, me apetece. La libido por supuesto yace muerta en mi desvarío que se acrecienta. La fiebre y los escalofríos no me dan tregua durante el día y la noche. Me siento acabada en tan poco tiempo. Estoy, debo confesar, en el límite del aniquilamiento irreversible. Quizá llevo así siete días. Y el alivio lo veo tan lejano, igual a si no existiera ninguna salvación. Efectivamente, soy ya una “inclinada”. Hace unos minutos, equiparable quizá a una hazaña, logré caminar unos tres metros con mi espalda a punto de quebrarse. Mi inclinación mirando mis pies me advirtieron que yo era una anciana. Jamás pude, en esa caminata excepcional, mantener la erección de mi espalda. Pasitos de viejita fueron los que di en esta madrugada buscando un vaso cuyo contenido era leche mezclada con CocaCola, un brebaje insólito para mi forma de entender, pero supuesto por un amigo mío como una novedosa alternativa ante mi martirio. Chikungunya, chikungunya, semeja que escucho algo cercano a un eco con entonación africana. Ha de ser este ayuno de varios días y esta falta de sueño lo que me provoca captar esos retumbos que para mí suenan como zumbidos salvajes. Pobres africanos, reparé de inmediato. Siempre a ellos se les achacan las epidemias más aterradoras. Son, dice la farfullada internacional, los presuntos exportadores de la peste -recordemos- del sida hacia el mundo. Y en nuestros días con el asunto de esta fiebre enviada con sus moscos extranjeros desde algún rincón del llamado continente negro. ¿Y si tal pandemia no es otra cosa que una experimentación de laboratorio surgido en algún país supuesto como civilizado? Y como siempre, suele pasar que la secuela de tal calamidad resulta a fin de cuentas incontrolable. En fin. Heme aquí postrada entre esta conjetura. A la espera acaso de lo que yo nunca he creído: un milagro –meditó las palabras Florencia, sofocada y sin ningún talante volitivo puntual. El último rumor la reporta en estado de pánico grave.

A estas alturas de la canícula de agosto, entretanto, a miles de inclinados moradores de esta ciudad se les figura que escuchan al unísono el coro atemorizador de chikungunya, chikungunya; semejante a si fuera un estruendo de moscos invasores, venidos desde más allá del mar.

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