De amor y contra ellos. La vida antes de Paquita

Los calendarios de Cigarrera La Moderna con ilustraciones de Helguera presentan un México idílico: una naturaleza exuberante o bien una finca cambriana enmarcando una pareja de enamorados. El hombre canta a la mujer. Él con un magnífico traje de charro, ella más que lucir ropajes, hechiza con su recato o bien, amantes legendarios como Popocatépetl e Iztaccíhuatl. Un periodo que abarca más o menos tres décadas desde 1940 aproximadamente hasta 1970. Ignoramos si había algún acuerdo del gobierno post revolucionario con el pintor pero todo México poseía uno de éstos. Todo México se convenció de que así éramos los mexicanos.

Fue en la década de los cincuenta que, al menos en el sentido político, la mujer es tomada en cuenta más allá de la silueta soñadora, cuando el presidente Ruiz Cortines concede el derecho al voto femenino. Aunque existían casos aislados en que la mujer participaba, la mayoría de las veces era ensombrecida por la fuerza masculina: Leona Vicario, María Ignacia Rodríguez, la Emperatriz Carlota, los cientos de soldaduras que sirvieron de enfermeras en la revolución de 1910. Cierto es, es hasta mediados del siglo XX que sufragan.

Posteriormente, 1973 se decreta Año Internacional de la Mujer. El supuesto era que estaban en igualdad de condiciones a sus congéneres. Aunque distaba de ser verdad. La incorporación de la mujer a la vida productiva -es decir con reconocimiento oficial, no tácito como marca la costumbre, implicó sumar funciones a las tradicionales. Iba al trabajo y la universidad pero atendía, como dios manda, su hogar, buena ama de casa. Mientras el señor era libre de divertirse, lidiar en amores con otras, engañar, todo eso que se dice y se hace y se asume verdadero en el perfil masculino.

Ahora que las biopic están de moda, en la televisión mexicana se programó la vida de Paquita, la del barrio. Cantante urbana que compone y entona contra el sufrimiento amoroso que le producen los hombres. Es peculiar, no entra en el canon de belleza que los medios de comunicación han difundido. Es una señora mayor de cincuenta, enfundada en vestimenta colorida y brillante, rubia a fuerza de tinte. Un buen tono de voz y un amplio repertorio contra los maridos infieles, contra el “inútil” (El inútil somos todos los que escuchamos). El público asume que todas las canciones en contra de los hombres se desprenden de esta artista. Sin embargo, ella no es la primera en cantar contra ellos.

Varias décadas antes, aparecen en el escenario dos mujeres que marcan un hito en las intérpretes vernáculas, puesto que muestran un estilo impregnado de influencias de la música de cabaret, blues y música de la frontera norte de México: Lydia Mendoza (EUA1916-2007) y Chelo Silva (EUA 1922-1988). Ellas, boleristas, dan un toque particular a la forma de interpretar la canción de amor y desamor. Mendoza es menos conocida pero logró que una de sus interpretaciones “Mal hombre” impactará en el ánimo de su público, particularmente en Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila, tanto que Carmen Salinas la incluyó en sus imitaciones. Leamos los calificativos que una mujer otorga a aquel que le robó su virginidad y luego abandonó: Mal hombre,/ tan ruin es tu alma que no tiene nombre./Eres un canalla. Eres un malvado. Agregamos al listado una voz lastimera casi un quejido y el efecto en el público está hecho.

Chelo Silva es un caso con varias aristas. Aunque recorrió el país en caravanas artísticas, de pronto surgió el rumor de que era alcohólica y se había perdido en los mares etílicos. Luego, que en realidad era travesti y como fue descubierto tuvo que huir del país para morir en Estados Unidos. Nada es cierto, los rumores nacen por un lado del tipo de canciones que interpreta y por otro, porque en la década de los ochenta hasta entrados los noventa, los espectáculos travestis ofrecían números con sus canciones. Además el tono arrabalero, la letra de intención sentimental y arrebatado sentido amoroso, disponen a Silva como la intérprete por excelencia de la mujer despechada. Títulos como “Judas”, “Besos Callejeros”, “Hipócrita” y la inmortal “Cheque en blanco”, entre otras, hacen de su repertorio, un campo propicio para gritar sus verdades al hombre infiel, falso, casanova, aquel que solo pretende la consumación de la concupiscencia llevando a la perdición a las féminas enamoradas.

Suele ocurrir con frecuencia que se atribuye al cantante la autoría de las letras e injustamente se olvida a quien creó la obra. Emma Elena Valdelamar (México 1925-2012) fue prolífica compositora que, como decía en sus entrevistas, tenía tanto amor y como nadie lo quería hice canciones (http://www.jornada.unam.mx/2012/06/12/espectaculos/a09n1esp). Bella, relacionada con hombres poderosos, declara que de sus vivencias extrae el material para formular sus canciones. De ahí nace Cheque en blanco que ha pasado de voz en voz hasta llegar a Paquita, pero que encontró en Chelo Silva la genial expresión del dolor y el desengaño en la mujer: Pero qué mal te juzgué/ si te gusta la basura / pero mira qué locura/ pero para ti está bien. / […] Me decepcionaste tanto / que ahí te dejo un cheque en blanco / a tu nombre y para ti/ ten pon la cantidad que quieras: en donde dice desprecio/ ese debe ser tu precio / y va firmado por mí. De su amplísimo repertorio surge también Mil besos, letra cadenciosa que aunada a los pujidos de María Victoria -exitosa actriz y cantante mexicana nacida en 1933- revoluciona la expresión de hombres y mujeres: Yo sé que en los mil besos/ que te he dado en la boca / te dejé el corazón. / Si dicen que es pecado / querer como te quiero/ quizá tengan razón […] Te he de seguir amando / te he de seguir besando/ aunque te vuelvas loca. / Hasta que me devuelvas/ el corazón que en besos/ yo te dejé en la boca. Escandalosas para la época, de puro amor dolorido.

Existe entre los muchos boleros de este tipo, uno con una letra más que bien rimada, una versificación y cadencia musical envolvente cuya audacia en el significado parece alejarse de la línea que sigue su autora Consuelito Velázquez (México, 1916-2005): Perdona mi franqueza / que tal vez/ juzgues descaro/ yo sé que voy a herirte / por decirte lo que siento: / debemos separarnos/ porque amor ya no te tengo. El fraseo que hace Elvira Ríos -una de las máximas exponentes del bolero en México- de esta letra pega con tubo. No duele la despedida, sino la claridad del adiós. Nos encontramos con una inusual finalización de la relación en pareja. Un adiós sin vueltas, sin palabras lisonjeras, un adiós a raja tabla. Así como en “Bésame mucho” -canción que hasta The Beatles cantaran- Velázquez induce al amor dulce pero desenfrenado, en “Franqueza” despide al que fuera su amado de la forma más directa posible.

La lista de antecedentes de mujeres que cantaron al desamor, al gozo de la carne resultaría extenso -faltan, por ejemplo, las voces de los años setenta y ochenta que de nuevo arremeten desde otra manera, contra la opresión amorosa masculina. También aparecen las folclóricas con las que emparentamos a la bien amada Paquita. Ella es folclor urbano, surgido del ambiente populachero, envuelta en manto de explotación de los medios. Gusta mucho en toda América y algunos intelectuales, entre ellos Arjona (es sarcasmo) la ponderan. Sus éxitos como “Me saludas a la tuya”, “La tienes chiquita”, “Taco placero”, a excepción de sus pininos con “El barrio de los faroles” y su exitazo “Tres veces te engañé” o el fabuloso “Beso de Afrodita”, la distancian irremediablemente de aquellas que le abrieron el camino. Y que viva el sufrimiento.

 

*Emilio Gerzaín Manzo Lozano

Universidad de Colima

manzolozano@hotmail.com

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