El infausto Tratado de Guadalupe Hidalgo

El Tratado de Guadalupe Hidalgo en la sensibilidad mexicana representa la humillante pérdida de un valioso y extenso territorio, lleva estampada la rúbrica de la intervención estadounidense, que durante casi dos años, de abril 25 de 1846 a febrero 3 de 1848, mantuvo al país en pie de guerra y casi todos sus puertos cooptados, Manzanillo no por ser puerto de cabotaje en aquellos años.

Las miradas respecto a esta situación son muy divergentes, para empezar, México la percibe como una intervención de los Estados Unidos de Norteamérica (EUA), que el “país sin nombre” la concibe como una guerra entre México y EUA, la “Mexican-American War”; eso de país sin nombre no es metáfora, es una realidad, pues Norteamérica no le corresponde, porque también están Canadá y México, cuya nombre propio es una denominación histórica.

Los Estados Unidos Mexicanos retoman el nombre de los mexicas, obtiene su nombre del náhuatl: metztli–luna, xictli-ombligo o centro, y el sufijo -co, lugar; literalmente, en el ombligo de la luna, o también, el lugar en el centro del lago de la luna, por la forma del lago de Texcoco. Canadá es una voz iroquesa kanāta que significa poblado o asentamiento. Fue nombrado Canadá por el navegante y mercader Juan Caboto (1450–1499), quien habiendo escuchado “Ka-nata” entendió “Acá Nada”; desde 1545, Canadá aparece en los mapas y libros de ese tiempo.

El Tratado de Guadalupe Hidalgo es más antiguo y aún vigente entre ambos “Estados Unidos”, aunque las miradas sean distintas y opuestas; para EUA constituye la anexión de más de un millón 200 mil kilómetros cuadrados de territorio, mismos que pierde México. Ganar la guerra es para EUA un designio de la providencia divina, pero no fue más que una demostración de superioridad militar; asimismo, para ese país significa que cumple la misión del “destino manifiesto”, esa de “América para los americanos”, indicador de que se asumen como los únicos americanos y que, a falta de mejor nombre, son los gringos.

El expansionismo estadounidense amplió sus fronteras mediante el avasallamiento bélico de México, al que consideraban inferior, desde luego, militarmente lo era y continúa siéndolo frente a esa potencia mundial; de modo que se comprendería que en aquel tratado, EUA ha dictado los términos inequitativos, que han marcado la relación asimétrica entre ambos países.

El comisionado por la “paz”, Nicholas P. Trist, presentó un borrador del tratado que exigía la cesión de las Californias y Nuevo México, el derecho de paso por el Istmo de Tehuantepec y el río Bravo como frontera sur de Texas; por esa enorme extensión, EUA pagaría 20 millones de pesos a México y hasta tres millones de dólares por reclamos de ciudadanos estadounidenses; finalmente la Baja California quedó como mexicana y se negó el derecho de paso por el Istmo.

Un tratado que México firmó a punta de pistola, ya que es bien conocido el hecho de que el ejército de EUA invadió el país y con las armas empuñadas obligó a la firma de la cesión de la propiedad donde había irrumpido, exigió la entrega de una mitad del territorio, después de azolar la otra.

Manuel de la Peña y Peña, presidente interino de México, tuvo que ceder ante las exigencias del invasor y firmar el Tratado de Guadalupe Hidalgo: una vez signado por ambas partes, los representantes de las dos naciones asistieron a una misa en la Basílica de Guadalupe; pese a que todavía no había sido ratificado por los Congresos de México y EUA. En los dos países hubo oposición al tratado, incluso una minoría mexicana prefería continuar en guerra, y en EUA discutían el tema de la esclavitud en los territorios adquiridos, prohibida por el gobierno mexicano.

Es de mencionarse que los comisionados mexicanos Luis G. Cuevas, Bernardo Couto y Miguel Atristain pusieron todo su empeño para lograr los mejores términos, por ejemplo: evitar la cesión de Sonora, Chihuahua y Baja California, así como ampliar los textos de los artículos VIII y IX, sobre los derechos de propiedad y la ciudadanía para los mexicanos residentes en las regiones cedidas; además introdujeron el artículo XI, comprometiendo a EUA a “controlar a las tribus indígenas en su territorio e impedir su paso a México”.

Una larga historia de las invasiones de indígenas, que ocasionaban graves daños al tomar prisioneros y robar artículos y ganado, por lo que en ese mismo artículo se obligaba a EUA a no “venderles o suministrarles armas de fuego o municiones, y a rescatar y repatriar a los prisioneros de los indios que tengan la nacionalidad mexicana.” Desde el año de su firma, en 1848, el Tratado de Guadalupe Hidalgo es citado en casos judiciales como el sustento de reclamos de tierras.

Asimismo es de anotar que las interpretaciones de las estipulaciones de este tratado han sido importantes en disputas sobre límites internacionales, derechos sobre aguas y minerales, así como los derechos civiles y de propiedad de los descendientes de mexicanos en los territorios, que no fueron cedidos ni vendidos, sino podríamos decir que fueron incautados bajo coacción.

Respecto a los usos sociales del agua, el vínculo entre las cuencas compartidas entre México y EUA han sido parte de los acuerdos internacionales; luego, a finales del XIX, las nuevas tecnologías y las obras de irrigación en el norte mexicano han sido factores en el desarrollo de las zonas agrícolas. Los ríos Bravo y Colorado son de importancia para varios estados norteños de México y del suroeste de EUA, entendiendo que la proporción del impacto es distinta y que la transformación de los usos sociales se ha utilizado en condiciones y maneras distintas.

En cuanto los indígenas, en EUA, el tratado les ha servido como un documento para sustentar la lucha por la igualdad política y social, ya que prometía la ciudadanía estadounidense a los mexicanos, los indígenas aducían que por habitar en los territorios cedidos, eran mexicanos y por ende tenían derecho al goce de la plena ciudadanía estadounidense.

Los males de unos pueden ser de provecho para otros; le resultó conveniente a Ewen Mackintosh, quien participó en las negociaciones del tratado y obtuvo el arrendamiento del estanco de tabaco con las familias Escandón, Beistegui y Bringas, facilitando que hiciesen una fortuna en distintos ramos comerciales; Tomás de la Torre, con sus socios, celebró contratos para avituallar las tropas asentadas en las Californias, y con la firma del tratado pudo iniciar la comercialización de algodón, carbón, azogue y mercaderías de consumo, con el puerto de Mazatlán como un eje en el comercio entre China y San Francisco, California.

En muchos otros casos el tratado fue importante en los litigios de otros derechos, ya se mencionaron los de la propiedad y la ciudadanía. Para EUA significó una mayor extensión territorial pero también una expansión esclavista de los estados sureños, en las décadas previas a la guerra de secesión, y para México el arribo de aventureros como William Walker, que intentaba apoderarse de Baja California, y Gastón Rousset que buscaba crear un protectorado francés en Sonora.

La divergencia de miradas es notable en la historia, más en casos particulares como el Tratado de Guadalupe Hidalgo, que para México fue una amarga lección de la imposición de la doctrina Monroe y de la pobreza y desunión nacional; motivando la necesidad de una reforma constitucional que fortaleciese el sistema político mexicano. En la siguiente década, la reforma marca el inicio de la modernización política y económica del Estado mexicano.

Es posible estudiar el Tratado de Guadalupe Hidalgo como un parteaguas en la historia de México, un país que durante el primer medio siglo de vida independiente no había logrado concretarse como un Estado; la Intervención de EUA evidenció la desunión de criterios y el empeño de imponer distintas concepciones de una nación, poniendo de relieve las diferencias políticas, sociales y culturales entre los líderes en la política y la economía.

 

mirtea@ucol.mx

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