La construcción de un mundo: Tolkien y El señor de los anillos

¿Qué distingue a un escritor de otro? La respuesta suele ser sencilla: Su estilo. Sin embargo, esto es más complejo, pues lograr poseer una personalidad a través de la escritura es un reto formidable. Hecho innegable es que todo lo que se podía escribir, ya ha sido escrito, y la originalidad reside no en crear algo nuevo, sino en configurar de maneras frescas los elementos fueron implementados en ocasiones pasadas.

Por lo tanto, si no hay elementos nuevos en la literatura, ¿Cómo construir un estilo? A través de aquellos rasgos que te definen como escritor. Con ello llegamos a uno, que no solo es autor trascendental del siglo pasado, sino que provocó el surgimiento a una generación de autores tras su paso: J.R.R. Tolkien, autor de la saga El señor de los anillos y El Hobbit.

Su caso es peculiar. La obra publicada durante su vida fue relativamente corta: menos de una decena de libros entre los cuales los más importantes fueron El hobbit (1937), La comunidad del anillo (1954), Las dos torres (1954) y El retorno del rey (1955), todos ubicados en el mismo escenario (La tierra media) y relacionados con la misma trama (la historia del anillo único de poder y su destrucción e influencia sobre el mundo).

La historia, en su concepto más básico, no se diferencia mucho del proceso creativo de tantos autores más. Héroes que no quieren tomar su rol en el destino del mundo; seres que sufren conflictos morales entre el bien y el mal; personajes insignificantes que resultan ser los más fuertes al momento de enfrentarse a la tragedia, etc. ¿Qué lo hace diferente? La manera en que construye a dichos personajes y los mueve a través de la historia.

Tolkien fallece en 1973, y tras su muerte, su hijo Cristopher comienza la publicación de ensayos, cuentos inconclusos, cartas perdidas y demás papeles que su padre poseía hablando solamente acerca de la historia del mundo que creó y de sus personajes. Por ejemplo, antes de introducir alguno en la historia central, Tolkien creaba su árbol genealógico, los papeles que cada antepasado había tenido en la Tierra Media, los ubicaba en líneas del tiempo que se extendían hasta la creación de su universo por el dios que había inventado (Illuvatar). Una vez que definía su pasado, escribía ensayos y cartas (o ambos) acerca de que función poseería en la trama. Si algo no le convencía, no lo introducía a la historia, pese a tener todo lo demás laborado.

Era sin lugar a dudas, uno de los autores que más trabajaban sus personajes. Lo hacía con justa razón: Requería de forma obsesiva que ellos se sintieran como seres reales en un mundo imaginario, para que los lectores se identificaran, incluso si eran elfos, enanos, orcos u hombres de cientos de años de edad.

Y lo consiguió de forma exitosa. Nos vemos en sus sacrificios, en sus victorias, en sus dolores, en sus derrotas y en la forma en que se levantan de los trágicos lugares en que llegan a encontrarse, y nos vemos a nosotros, compartiendo memorias y aprendiendo a ser valientes a la vez que ellos lo hacen.

Es la virtud de la literatura. Estamos destinados en vida a no poder experimentar la realidad desde ojos que no sean los nuestros. Pero no al leer este tipo de personajes. Al abrir los libros y encontrarlos, tenemos la oportunidad de vivir en otra piel las batallas que algunas veces, no enfrentamos en la nuestra.

@skymoviemaker

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