Arte Total: Adiós, mamá Carlota, adiós mi tierno amor

¡Adiós, Mamá Carlota, adiós mi tierno amor! Hace 92 años, un día como ayer, el día 19 de enero de 1927, falleció una Emperatriz que murió de amor a los 86 años. María Carlota Amelia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia-Coburgo-Gotha y Orleans (Bruselas, 7 de junio de 1840-19 de enero de 1927), fue la última Emperatriz de México; siendo de nacimiento Princesa de Bélgica y por su matrimonio fue también Archiduquesa de Austria, Princesa de Lorena y Hungría, Condesa de Habsburgo y Virreina consorte del Lombardo-Véneto.

Muchos escritores e historiadores han dedicado letras y tiempo para estudiar un imperio que duró 790 días, dos años y dos meses de gloria atropellada, de brújula equivocada, de un continuo rebotar en el camino y, sobre todo, de navegar en un océano de incertidumbres.

Carlota se casó el 27 de julio de 1857, tenía 17 años y él 23. Contrajo matrimonio con Maximiliano de Habsburgo (1832-1867), Archiduque de Austria y Emperador de México (1864-1867), hermano menor de Francisco José I, Emperador de Austria. Fue almirante de la Armada austriaca y gobernador (1857-1859) del territorio de Lombardía-Venecia.

En realidad, la Emperatriz era una mujer frustrada, herida en lo más íntimo de su ser. Había vivido su adolescencia en un clima de hierro y frialdad, junto a un padre que la adoraba, pero que nunca mostró su ternura. Al casarse con Maximiliano, brindó a éste lo mejor de ella, se hizo mujer por entero olvidando, sobre todo en el lecho, su condición de princesa, para cumplir el gozoso juego de la esposa-amante.

Sin embargo, al encontrarse frente a la barrera de la “enfermedad venérea” de su marido, todo en ella se derrumbó, en un naufragio total del que salió a flote porque había sido educada para olvidar sus sentimientos en bien de su función de princesa. Una obligación que no llegaba a su intimidad, de ahí que jamás se hubiera vuelto a acostar con su esposo.

Fue un amor desdichado, ambos con doble moral. Ella tuvo un hijo que dio a luz en Europa y él tuvo amoríos en un lugar especial. Carlota odiaba Cuernavaca, esa pequeña finca llamada “El Olvido”, hoy el “Jardín Borda”. No le importaba quedarse sola en la capital, donde la gustaba dar largos paseos en piragua por los lagos.

En 1863, el emperador francés Napoleón III le convenció para que aceptara la corona de México. Creyendo Maximiliano que contaba con el apoyo del pueblo, él y su esposa Carlota de Bélgica se trasladaron a México en 1864. Viajaron en la fragata “La Novara”, cuentan los que han estudiado el tema que, durante el viaje, Maximiliano redactó todo el protocolo de comportamiento de los actores de su corte tal cual se usaba en las monarquías, europeas. Desembarcaron en Veracruz, en el mes de mayo, con todo lo que atañe a un emperador. Espléndidas carrozas, damas y caballeros de compañía, mozos, sirvientes, vajillas y vestuarios para emprender lo que Justo Sierra también llamó “la temida intervención”.

Se emperifollaron para bajar del barco e impresionar, él con su imponente estatura, porte distinguido, ojos azules, y cabellos y barba rubios. Ella también muy alta, joven, de cabello negro, “rostro dulce, sereno e inteligente”, aunque no muy hermosa, más bien, dicen los que saben, “cabeza demasiado pequeña, la mirada vaga y el orgullo desmedido”.

Podemos imaginar la extrañeza que les causó ver las calles vacías, nadie vitoreándolos, ningún arco triunfal, cero ventanas engalanadas y ausencia de música. Nadie los fue a recibir. Lo que sí se encontraron fue la epidemia de fiebre amarilla, lo que había convertido al puerto en un lugar lóbrego y desolado. Apesadumbrados, siguieron su viaje hacia la capital del país.

El miércoles 8 de junio de 1864, en el Boletín Oficial de la Prefectura Política del Departamento de Puebla, se publicó la crónica de la entrada del Archiduque Maximiliano y su esposa, la Emperatriz Carlota, a la ciudad de Puebla, ocurrida el 5 de junio. En el documento se hace una descripción pormenorizada de este acontecimiento.

Tan solo algunos extractos del documento muestran la conmoción que causó la presencia de estos miembros de la realeza europea en la atribulada Puebla, que acaba de pasar la famosa Batalla del 5 de mayo.

En Puebla todo cambió, se tiró “la casa por la ventana” y eso reconfortó a Maximiliano y Carlota. En la noche del día 4 llegaron SS.MM., acompañados de un brillante y numeroso séquito, y en medio de un concurso inmenso, a la casa de campo llamada de Xonaca, dispuesta de antemano para servir de alojamiento […].

La casa, propiedad del señor don Mariano Fernández Anaya la puso a disposición de la comisión respectiva, las fachadas de las casas se engalanaron con vistosas colgaduras y otros adornos en lo general de excelente gusto, apareciendo en la mayor parte de los balcones ya los retratos de SS.MM., ya las iniciales de sus nombres, entre coronas de laurel y de rosas y en muchos también las letras N. y E. como un tributo de gratitud al Emperador y a la bella Emperatriz.

En la calle del Alguacil Mayor elevábase un vistoso arco triunfal en cuyo remate se veía el nuevo escudo de armas del Imperio, abajo del cual se leía esta inscripción: S.P.Q.A. MAXIMILIANO I. IMPERATUR, SEMPER, AUGUSTO. ANNO DOMINI MDCCCLXIV.

En la esquina de la calle de mesones había otro arco […] dedicado […] a Carlota, Emperatriz de México. La inscripción de este segundo arco era la siguiente: LAS HIJAS DE PUEBLA A SU AUGUSTA EMPERATRIZ. 1864.

En la esquina de la 1ª calle de Mercaderes se levantaba […] un arco monumental que el Ayuntamiento de esta ciudad consagraba a S.M. Maximiliano 1º. Este arco, tan bien pensado por el hábil y modesto profesor don Juan María Medina, fue perfectamente ejecutado.

Una hora después, el cañón de la fortaleza de Guadalupe anunciaba la entrada a la ciudad de los Soberanos de México, quienes se detuvieron al llegar al arco triunfal de la calle del Alguacil, donde tuvo lugar la solemne entrega, que el prefecto municipal hizo de las llaves de la ciudad al Emperador […]

Cuando los carruajes llegaron al frente de la catedral SS.MM […] fueron recibidos, bajo de palio, por el venerable Prelado diocesano y por los ilustrísimos señores obispos de Chiapas, de Veracruz y de Chilapa, que en unión del cabildo y del clero secular los esperaban […]

Para el 6 de junio, la pareja imperial visitó la Academia de Bellas Artes de la ciudad, al igual que al colegio del Espíritu Santo (actual edificio Carolino, BUAP) y más tarde el hospicio de pobres, donde “se manifestaron profundamente conmovidos al ver el estado de ruina en que se encuentra ese edificio”.

Por ello, la Emperatriz donó a la ciudad la cantidad de siete mil pesos, para la reposición del hospicio. El Emperador donó la cantidad de mil pesos para los hospitales y personas pobres de la ciudad. El 7 de junio, fecha muy especial por ser el cumpleaños de la Emperatriz Carlota, se ofició una misa en la Catedral, a su conclusión, la comitiva se dirigió al Palacio con el objeto de saludarla; las tropas francesas y mexicanas de la guarnición desfilaron frente al Palacio Episcopal, “en cuyo balcón principal se hallaban SS.MM”.

Por ser el primer cumpleaños de Carlota en tierras mexicanas, para agasajarla, se organizó un gran baile en su honor en la antigua Alhóndiga, mismo que ha sido considerado como de los más relumbrantes en la historia de Puebla.

El 8 de junio, día de la salida hacia la capital. Llegaron a la hermosa Ciudad de México el 12 de junio, y ahí sí se armó la fiesta. Tronaron los cohetes, las salvas, tañido de campanas, desde los balcones les tiraban papeles de colores y listoncitos de seda. Lo que más les impresionó fue un polvillo fino, dorado, que les caía desde los balcones, y resultó ser oro. Hubo banquetes y discursos.

La alta burguesía de México y el clero sacaron sus mejores trajes para dar realce a la fiesta. Hubo arcos triunfales, misa de acción de gracias en la Catedral, en donde los Emperadores fueron acompañados por los arzobispos y el cabildo eclesiástico en pleno.

Se dice que a los príncipes europeos les gustó México y que fueron felices aquí. Que fueron felices a pesar de que no dormían en las mismas habitaciones. Dice Salvador Novo que fueron felices porque viajaron a lugares insólitos, él para cazar mariposas y ella a Yucatán, en donde –dicen- vivió una romántica aventura con el oficial de su escolta.

Cuenta Conchita Miramón, su dama de compañía, que a las mujeres mexicanas no las trataba bien. Las calificaba de flojas, ignorantes y le molestaba que fumaran. Lo que más le enojaba era que las damas mexicanas no tenían un libro en sus manos, como no fuera un libro de oraciones.

Y que también fueron felices por la música. A Carlota le gustaba que le cantara Macedonio Alcalá, aunque finalmente su canción preferida fue la que Concha Méndez le cantaba en el teatro El Principal: “Si a tu ventana llega una paloma, /Trátala con cariño que es mi persona. /Cuéntale tus amores, bien de mi vida, /Corónala de flores que es cosa mía”.

No obstante, al saber que Maximiliano se hallaba en peligro, debido a que Juárez estaba sublevando al pueblo contra las fuerzas de ocupación francesas, no dudó en viajar a Europa. Tras mostrar evidentes rasgos de locura, se dirigió al Palacio de Miramar, en Trieste. En septiembre, se entrevistó con el Papa Pío IX, con el objeto de aprobar un concordato con el Vaticano. El 6 de agosto de 1867, dos meses después de resultar fusilado su esposo, marchó a Bélgica, en cuyo Castillo de Bouchout falleció 60 años más tarde.

Adiós, Mamá Carlota, adiós mi tierno amor”, es la canción que mejor ilustra el fin de la Intervención Francesa, textos con los que Vicente Riva Palacio plasmará tan vívidamente la desventura de la Emperatriz.

 

blancagardunomx@gmail.com

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