Vano espejo de mi soledad: Alí Chumacero, el Narciso herido.

El poeta va a la palabra como el Narciso a la fuente. Al aventurarse por una voz que le promete la inmortalidad es, quizás, su propia voz que le guía, le lleva a hundirse en la contemplación. Se mira con asombro en el fuego, -con fascinación y miedo con un terror lejano, inconsciente y enraizado-. En el fondo, al encontrarse consigo en la iluminación, en el equilibro suicida entre el abismo y la vida, al acercarse a ese trasmundo, nunca regresa. Duplicado en la ensoñación del espejo, el poeta Alí Chumacero nos devuelve su imagen como un Espejo de zozobra, el Narciso exhala su último suspiro como atavío, hasta exhalar en éxtasis todo su ser:

En espejo de sueños estoy junto a mí mismo

y mi imagen se asoma alargando los brazos,

buscando asir lo inasidero,

lo que dentro de mí resuena

como sombra apresada en las tinieblas

que quisiera hallar una luz

para poder nacer. (p.37)

El espejo vacío que no proyecta más que oscuridad, es la proyección de la nada, a la nada de sí mismo. En Tiempo desolado, la voz poética es esa otra voz que recrea al poeta, le devuelve su condición finita: “Mudo espejo del aliento herido, / clama en su transparencia: “El ser es nada”, / mas el ser es el polvo adormecido” (p.96). El poema se nombra para revelar al ser, para asirse de la existencia, porque la palabra es la reiteración de lo creado, aspira a ser esa otra cosa que habita en nosotros mismos, como la muerte que de vez en cuando el poeta desea, en Tiempo perdido se puede ver el espejo que es el otro, el más hermoso espejismo viene de los ojos de quien te ama, pero en Chumacero se encuentra la devastación, la ceniza de las ruinas que eternamente consume: “y no miro a tus ojos / por temor de encontrarme asesinado” (p.103). El sacrificio del poeta es la ofrenda al otro, que desea, es reiterada representación de la muerte y el renacer, en el que la memoria aprisiona: “Pasan las sombras, voces que a mi oído / dijeron lo que ahora resucitas, / y en tus labios los nombres nuevamente / vuelven a ser memoria de otros nombres” (p.107). Las imágenes poéticas de Alí son la caricia de la llama, hacen sentir la violencia, así el yo poético encuentra su redención en otros cuerpos que también están muertos: “y habré de ser el hombre sin retorno, / amante de un cadáver en la memoria vivo. / Entonces te hallaré de nuevo en otros cuerpos” (p.107). A través de la experiencia onírica, la muerte del poeta engendra el infinito sueño de la vida.

José Emilio Pacheco menciona que: “Chumacero encuentra su propia voz desde sus primeros pasos y en ella resuena una sentenciosidad bíblica nada frecuente en la poesía castellana” (p.11). Si bien Alí Chumacero nace en 1918, hay que reconocer que le anteceden un grupo de poetas con honda espiritualidad mística y resonancia bíblica: Carmen Mondragón Nahui Olin (1893), Aurora Reyes (1908), Concha Urquiza (1910), Griselda Álvarez (1913), Margarita Michelena (1917), Emma Godoy (1918), Guadalupe Amor (1918).

Referencias:

Chumacero, Alí (2014). Poesía. México: Fondo de Cultura Económica

*Alumno de la Maestría en Estudios Literarios Mexicanos, de la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima.

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