Fantasía, humo y espejos.

Comunicar; la degeneración de la imprudencia

De atrás tiempo varios amigos me han cuestionado sobre mi opinión y visión sobre las artes obscuras de la comunicación, específicamente sobre las inferencias coyunturales y estilos que marcan la agenda comunicacional pública, política, gubernamental e institucional. Siempre -o casi siempre- les respondo con la profunda e irónica frase que me formo en la mística del tema: “el lenguaje crea”.

La comunicación, desde su origen más primitivo hasta el avance más actual, ha sido uno de los factores más determinantes para el desarrollo de nuestra especie. La misma, ha evolucionado desde el gutural pre-lenguaje entre individuos hasta la complejísima transferencia de datos como un nuevo idioma universal.

El proceso histórico social de la actividad comunicativa humana y su evolución ha sido determinante para lo que somos, constituyendo el paradigma que llevó a la construcción de comunidad y tejido social; dotando de uso y significado a todo lo que nos rodea.

El estudio real (a mi parecer) de la comunicación como ciencia se remonta a la pragmática fórmula aristotélica para la retórica persuasiva del “logos, ethos y pathos”, misma que funcionó, se adaptó, mutó, deformó y actualizó al pasar de los años, hasta lo que hoy nos atañe.

La comunicación política y del contrato social, que es más arte que ciencia, ha sido la tesis comunicacional que más ha transformado su forma, puesto que, desde las definiciones de Maquiavelo y Hobbes, hasta la propaganda de Gobbels y los súper tuitazos de Donald Trump, hemos pasado de la corresponsable solemnidad, hasta la irresponsabilidad que provoca inestabilidad.

Mi México lindo y querido no ha sido la excepción, pues desde la comunicación de la ocurrencia irreal y la eureka que nos ha dado las joyas de la comedia sexenal hemos pasado de querer saber el actuar del poder hasta el nefasto tratar de separar el fondo de lo real y lo falso.

Durante lo que va del pre reinado sobre la soberanía nacional como un preview venidero en lo gubernamental e institucional, ya es un mal chiste que ha sido mal contado, pues, a este punto; De tín marín o de do pingüé, cúcara mácara o títere fué, yo no fui, fue Teté… pégale, pégale, que un cerdo, cochino y marrano fue.

Aquí las pregunta y razón de la columna corresponde en ¿Existen afectaciones reales si no hay seriedad en la comunicación pública?, claro que sí, puesto que, cómo lo hemos visto en el vecino del norte, una comunicación imprudente resulta desestabilizadora en muchos niveles; sobre todo en las esferas económicas de inversión y de estabilidad social.

A su vez, cuando el comunicar de lo público no es estable, daña de manera inmediata la comunidad desde lo más básico, debido a que, al volverse difuso el vehículo del poder entre el gobierno y los gobernados; se crean dudas, especulaciones y conflictos que degeneran fuertemente el tejido social y la percepción de la legitima credibilidad.

Usando un término naviero muy aplicable para la comunicación política, para mantener el barco a flote hay que tener el timón firme, puesto que, la voz y palabra del líder máximo, puede incitar a llegar o a irse, puede acercar o alejar. Es un arma de dos filos, que puede llegar a ser para su nación la dicotomía entre un himno glorioso o el canto de la sirena que nos lleve a la perdición.

Por eso, mi querido lector, -sobre todo si es de los que dedican la vida a comunicar- les sugiero que no degeneren el arte de comunicar con la desidia y poca preparación, háganlo simple y háganlo siempre.

Seguros y certeros artistas de la lengua, pues en política, lo que no se informa nunca se realizó, pero también, lo que no se hizo… jamás se debe comunicar.

Pd. A exactamente un año de que la desgracia nos recordara la solidaridad que nos caracteriza, les recuerdo que la irresponsabilidad de algunos aún tiene a personas en casas de campaña y de cartón. No soltemos la exigencia, ni hoy, ni nunca. ¡Fuerza mi México, que de peores hemos salido!

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