La alimentación, un derecho negado a millones.

Cada 16 de octubre desde 1979 se celebra el Día Mundial de la Alimentación, un derecho universal negado hoy a más de 821 millones de personas, sobre todo mujeres y niños.

Los productores agrícolas de subsistencia que viven en situaciones de crisis prolongadas son los más afectados entre los subalimentados crónicos, particularmente en Asia y África, como recordó la víspera el director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), José Graziano da Silva.

A las sequías, inundaciones, conflictos y guerras se les atribuyen las mayores culpas de que durante tres años consecutivos la cifra de hambrientos del planeta crezca y alcance hoy a uno de cada nueve habitantes.

En 2017, el número de hambrientos aumentó en 17 millones, respecto al año precedente y del total global con subalimentación crónica la mayoría se concentra en Asia (520 millones), África (243) y América Latina y el Caribe (42).

Asimismo, casi 151 millones de niños menores de cinco años tienen retraso en el crecimiento, problema muy asociado a la insuficiencia en la alimentación, en tanto la delgadez extrema afecta a más de 51 millones de infantes en igual grupo etario, con riesgos mayores de enfermar y morir de hambre, literalmente.

Cerca del 80 por ciento de las personas en esa situación viven en zonas rurales, a expensas de cuanto rinda la agricultura, la mayoría en áreas de recursos naturales degradados, como la tierra y el agua, quienes además no siempre tienen los ingresos para asegurar su alimentación.

El riesgo de sufrir inseguridad alimentaria y malnutrición hoy es mayor, a juicio de la FAO, porque “los medios de vida y los bienes de subsistencia en especial los de las personas en (situación de) pobreza están más expuestos y son más vulnerables a la variabilidad y las condiciones extremas del clima”.

De la misma manera, la guerra y los conflictos no sólo les arrebatan los sueños, sino también la capacidad de vivir por falta de alimentos, a la vez que son causas de los flujos migratorios masivos que asolan los campos.

Un día como hoy hace un año, al intervenir como orador principal en la ceremonia realizada en la sede de la FAO con motivo del Día Mundial de la Alimentación, el Papa Francisco destacó que “el derecho internacional nos indica los medios para prevenirlos o resolverlos rápidamente”.

El Sumo Pontífice llamó así a evitar “que se prolonguen y produzcan carestías y la destrucción del tejido social’” y abogó por un compromiso a favor de un desarme gradual y sistemático.

Para el director general de la FAO, los conflictos tienen un gran impacto en los sistemas alimentarios locales y contribuyen a empeorar la situación de hambre, al tiempo que considera crucial conceder empleo a jóvenes y mujeres y apoyar las actividades de agricultores, pastores y pescadores para evitar el éxodo.

El Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo 2018, publicado en septiembre último por ese organismo internacional, describe el lamentable panorama actual, que de hecho significa un retroceso de diez años en el enfrentamiento a ese flagelo, en un mundo que produce suficiente comida para alimentar y nutrir a todos sus habitantes.

Cada año mil 300 millones de toneladas de alimentos, según la FAO, acaban en la basura, un tercio de la producción total del planeta, fenómeno del cual ningún país, rico o pobre, está exento, pues la diferencia estriba en el volumen y en el punto de la cadena productiva donde ocurre el derroche.

En América Latina y el Caribe, las pérdidas y desperdicios de alimentos alcanzan 223 kilogramos por persona al año, cantidad que a juicio de la representación regional de la FAO es más que suficiente para satisfacer las necesidades calóricas de toda su población en situación de hambre.

A los cambios necesarios en los estilos de vida, incluyendo el consumo con menos pérdidas y desperdicios, se refirió también el papa Francisco al reclamar una mayor responsabilidad a todos los niveles para garantizar el derecho de todos los seres humanos a alimentarse según sus necesidades.

A esa exigencia se suman hoy otras como la de eliminar formas de producción agrícola que provocan deforestación, escasez de agua, agotamiento del suelo y altos niveles de emisiones de gases de efecto invernadero, lo cual significa producir alimentos de manera que se preserve el medio ambiente y la biodiversidad.

Esas son prácticas sostenibles que proporcionarían alimentos saludables y nutritivos, servicios ecosistémicos y resiliencia frente al cambio climático, como lo definió el más reciente encuentro del Comité de Agricultura de la FAO, realizado aquí.

Todo eso requiere reducir el uso de plaguicidas y productos químicos, aumentar la diversificación de cultivos, mejorar las prácticas de conservación de la tierra y, en particular, innovar para lograr sistemas agrícolas más eficientes, menos dependientes de recursos, sobre todo agua, además de utilizar lo más avanzado en agroecología y biodiversidad.

Hacia esos temas apunta hoy la celebración, por trigésimo novena ocasión, del Día Mundial de la Alimentación bajo el principio de que todas las instituciones e individuos desempeñan un papel en la aspiración de lograr la meta Hambre Cero, para lo cual deben trabajar juntos. (PL)

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