Destrucción Creativa III: Emociones e ideas

Políticamente Incorrecto.

Las dos pasadas columnas de Destrucción Creativa hablamos, a grandes rasgos, de la democratización del partido, así como de su saneamiento administrativo y financiero. Ahora toca entrar a uno de los temas fundamentales para que un partido exista, para generar identidad y cohesión entre sus militantes, el mundo de las ideas, su interrelación con las emociones y su relación entre las diversas partes que componen la política del Estado.

Pareciera que los priistas actualmente cargan con una loza de concreto en la espalda, un letargo de vergüenza y una reputación manchada por actos de corrupción de decenas de militantes que nos cargan a la cuenta de todos los priistas. Es común ver como al priismo lo avasallan en las redes sociales y son pocos, casi nulos, los priistas que salen en su defensa. Sin embargo, vemos como cuando la oposición comete atracos groseros, nuestros adversarios se agrupan como colmena y defienden hasta extremos cuestionables a sus compañeros de partido, dirigentes y gobernantes emanados de sus partidos.

Entonces, urge un trabajo profundo para retomar el orgullo de ser priista. Si bien, son muchos los escándalos de corrupción que se han acumulado entorno a la mítica imagen del PRI, son muchos más los aciertos. Es decir, no se puede entender la historia de México y de Colima sin la trascendencia del PRI y los gobiernos emanados del mismo. Es por eso que debe trabajarse de manera profunda en dos sentidos, primero el reconocimiento y corrección de errores, mientras que a la par una segunda vertiente, el orgullo priista.

El reconocimiento de nuestros errores y posterior entendimiento de lo que se pueda enmendar necesita obligatoriamente unas agallas muy grandes. Lamentablemente ante un escándalo de corrupción o un delito consumado por un militante priista pareciera que las dirigencias lo dejan pasar, en ocasiones hasta tienen el cinismo de justificarlo, mientras el resto de la militancia mete la cabeza como avestruz bajo tierra. De nada sirve tener órganos especializados como la Comisión de Justicia Partidaria si sólo la tenemos como una figura decorativa, un lugar donde se jubila a priistas reconocidos o un mero espacio para llenar con militantes a los que nunca se les dio una oportunidad.

Da vergüenza cuando nuestros dirigentes se abstienen de actuar contra quienes dañan a nuestro pueblo, escudados tras los colores de nuestro partido con excusas como que ningún militante ha denunciado ante la Comisión de Justicia Partidaria y por tanto no pueden hacer nada. Por eso digo que hay que tener agallas, tenerlas bien grandes, porque el primer militante que debería ir a interponer una denuncia contra quienes manchen la imagen de nuestro partido, debería ser nuestro dirigente. Lavarse las manos por inacción de la militancia es consagrar la parálisis de nuestras dirigencias. Para dirigir al PRI y para servir a nuestro pueblo no debe de haber miedo a ningún caudillo ni a ningún grupo, la justicia debe ejercerse en nuestra casa antes de que nuestros adversarios nos acribillen desde los medios.

El origen del mal pende desde la concepción generalizada de lo que una dirigencia partidista significa, pues para muchos, ser dirigente de partido es un paso más para lograr una candidatura, un espacio laboral en el gobierno al salir de la misma o un coto de poder para repartirle espacios y candidaturas a los cuates del dirigente en turno. Pocos entienden que en realidad una dirigencia es un espacio desde el cual se pueda servir a la militancia y sobre todo para construir una plataforma sólida para ganar elecciones y así poder servir al pueblo desde la estructura moral y de valores consagrados en nuestros documentos básicos.

Por lo mencionado anteriormente es que a muchos les da miedito sacarse el cinto y fajarse los pantalones para defender la historia y el legado de nuestro partido, incluso, de quienes le hacen daño desde el interior de nuestras filas. Parece un mal general tener dirigencias tibias que nadan de muertito, solapan caudillos, permiten barbaries y agandalle de grupos con tal de no mermar la popularidad y las posibilidades del dirigente de ganarse una pluri o una candidatura como premio por la sumisión. Es decir, están más preocupados por cuidar su imagen que la del partido. Eso debe cambiar de manera urgente, como priistas no podemos seguirlo solapando y consintiendo.

Si logramos tener una dirigencia de a de veras y no de figurín, entonces se podrá ir trabajando con congruencia en acabar con la vergüenza y retornar el orgullo de ser priista. No podemos sólo esperar que la militancia se sienta orgullosa de su historia, sino constantemente darle razones de orgullo de lo que va ocurriendo en el presente. Es por eso que el PRI debe dejar de ser una extensión del gobierno y convertirse en un partido. Sí, el PRI no actúa como partido, es por eso mismo que dicen que los priistas no sabemos se oposición.

Para ser partido es necesario replantearnos la relación entre partido y gobierno. Ante los gobiernos emanados del PRI debe existir una relación de cordialidad, mas no de sumisión. El PRI debe ser un vínculo entre la militancia y el gobierno, ser gestores de nuestra gente, coadyuvar a que nuestros militantes puedan encontrar en nosotros la solución a sus problemas e inquietudes hasta el alcance de nuestras posibilidades; además debemos ser vigilantes y garantes de que nuestros gobiernos cumplan con sus promesas, sus compromisos y que sus decisiones y acciones se apeguen a nuestra máxima de justicia social. Ante los gobiernos de oposición, más que ser una oposición responsable, debemos ser una verdadera oposición, exigir y señalar que cumplan lo que prometieron, exhibir todos y cada uno de los errores cometidos, no tolerar ningún acto de corrupción, no ser cómplices en silencio.

La relación con la militancia también es fundamental, pues cualquier líder necesita la legitimidad de la militancia, por lo que es necesario que la misma se sienta orgullosa de sus dirigentes y no que sienta vergüenza. Se puede llegar con el respaldo de la militancia o se puede construir, pero lo que no se puede hacer es darles la espalda a los militantes y simpatizantes del partido. La soberbia y la altanería ya no tienen cabida en el PRI. Se necesitan líderes que escuchen a todos y cada uno de los militantes que tengan algo que decir. Ya estuvo bueno de los liderazgos de cartón, que no miran a los ojos y que están más interesados de estar constantemente revisando sus celulares que de tener la mínima cortesía o decoro con sus interlocutores.

Sin embargo, con la militancia ya no se gana, ya no es suficiente. Nos guste o no, el priismo tiene que escuchar a la sociedad. La sociedad no va a elegirnos un dirigente pero sí puede simpatizar con el mismo. Se necesitan perfiles atractivos, con reconocimiento social, más apegados a las causas del pueblo que a las causas cupulares, que sean honestos, transparentes, limpios, que rompan con el esquema del priista tradicional. La sociedad y la militancia claman por rostros nuevos, por perfiles que no hayan contendido por un cargo de elección, que no vengan emanados del gobierno, que se le abran las puertas a los jóvenes, que se les dé la oportunidad a quienes nunca se les ha dado. Sí, urgen nuevos perfiles, nuevos rostros, pero que sean profundamente priistas y no improvisados que los últimos en enterarnos de su existencia somos los mismos priistas.

El orgullo de ser priista renacerá cuando la militancia se sienta orgullosa de sus dirigencias y de los gobiernos emanados del PRI; cuando los dirigentes traten con respeto a sus militantes y de manera crítica a los gobernantes; y cuando los gobernantes no esperen sumisión de los dirigentes y lisonjas de sus militantes. Una dirigencia estatal plena y completa debe tener un entreveramiento generacional sólido, equilibrado y de calidad, no sólo entre jóvenes y adultos, sino entre grupos, entre militantes, simpatizantes, cuadros y seccionales, entre el pasado del partido, su presente y su futuro.

La simbiosis armónica de esas tres partes está escondida en los principios fundamentales de los documentos básicos, la democracia y la justicia social, los valores que nos hacen priistas, las ideologías que nos hermanan. Tenemos que definirnos en los temas complejos y en los no tantos, dejar de ser ambiguos, tomar partido. No dejar que cada dirigente, cual caudillo, haga lo que se le dé la gana, sino que se apegue a las directrices institucionales inspiradas en nuestros estatutos. El PRI no puede ser un partido gris que todo mundo lo lleva según sus intereses.

Origen es destino. Nuestro partido surgió para hacer un gran pacto social entre los caudillos que tanta sangre reclamaban por hacerse del control de México. El PRI nació sentando a los más fieros militares y los más valientes líderes sociales, les quitó las armas, los puso a dialogar y llegaron a acuerdos para construir juntos una nación. Hoy estamos confundidos, divididos y extraviados. Los caudillos andan fuera y otra vez están haciendo daño. Sienten a los caudillos, quítenles las armas, pónganlos a dialogar y háganlos llegar a acuerdos para reconstruir a un PRI en el que nadie es indispensable pero que necesita de todos y cada uno de los priistas.

Aquí les dejo tan sólo unas ideas. La política mueve emociones e ideas, cosas que hace mucho que nosotros dejamos de generar. Nuestro partido tiene un origen popular, debemos representar algo, debemos abanderar las causas de nuestro pueblo y no de nuestros dirigentes, porque si no representamos a nada y no representamos a nadie, entonces sí somos prescindibles, entonces sí no servimos para nada, entonces sí estamos muertos. Dejemos de ver con añoranza los grandes logros del pasado, esta crisis es el momento para que los verdaderos priistas saquemos la casta, levantemos la bandera y seamos constructores de una nueva historia de éxito de la cual estarán orgullosos los priistas de mañana y sobre todo el pueblo de Colima.

Comentarios

Notas Relacionadas