Alfonso Polanco Terríquez

SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO

¿En serio necesitamos un 9?

Quien se llevó a Fátima y a muchos otros niños han sido mujeres, quien empezó a golpear hasta el cansancio con un cinto a Fátima fue una mujer, quien la privó de la vida fue un hombre. Casos tan lamentables como el de esta menor de edad nos habla del estado de descomposición de la sociedad, y también, que violencia no tiene género. Si dudan, chequen cuántos niños, adolescentes, jóvenes, adultos, hombres, ancianos han sido privados de la vida en el último año.

Hace cuatro o cinco décadas cuántas veces en sus propios hogares más de un adulto de hoy no escuchó lo siguiente: “Ya vendrá tu padre y te las vas arreglar con él”. La verdad, el papá era visto como el malo. Esa forma de ver al padre desde hace dos décadas cambió. Lo triste, la figura paterna por X o Y razón dejó de estar presente, asumiendo el control la mujer, la mamá.

En redes sociales cuántas imágenes, textos, son compartidas principalmente por mujeres aduciendo que las generaciones anteriores eran más atentas, gracias a la chancla, al cordón de la plancha, a la palabra ofensiva dicha por su mamá, es decir, con violencia se educaba. Ninguna de ellas fue vista igual que el padre, la gran teoría, si un niño se portaba mal, habría que castigarlo con golpes.

En más de una ocasión nos ha tocado escuchar: si no le dan unos buenos guamazos, no se va a corregir, por eso crecen mal educados, a ustedes se les daban unas buenas tundas y miren, son hombres de bien. Está comprobado con estudios, que la mayor parte de quienes son violentos es por haber tenido una historia de vida vinculada a la agresión, al maltrato, al abandono, sí, señores padres de familia, autoridades, acabar con esto que se ha convertido en una cultura ya, se necesita no solo atención, sino entre todos ocuparnos del asunto, pero es más fácil culpar que corregir.

Se ha culpado a la autoridad de no hacer nada por detener el feminicidio, con eso se construye una cortina de humo para no ver el alto índice de muertos, el gran porcentaje de niños y jóvenes involucrados con el crimen organizado, nadie dice que no es alarmante el asesinato de mujeres, pero será más difícil de atacar un cáncer sin conocer sus orígenes, por eso, desde el punto de vista de varios investigadores, de nada sirve un día para evitar la violencia en contra de las mujeres, el derecho a la equidad, a la paridad, el respeto a los derechos humanos, a la no agresión a grupos de personas vulnerable, etc., etc., si no se cuenta con una política integral.

Arnoldo Ochoa es un hombre que sabe no solo de política, sino de investigaciones, que tiene muchos personajes incapaces a su lado, es otro rollo, pero hace dos años, en el Congreso local, marcó una línea de investigación, en vez de que los legisladores de la actual Quincuagésima Novena Legislatura de Colima comprobarán la veracidad de la información, se dedicaron a amedrentarlo.

Tenemos un problema: una cultural de violencia, en donde todos están expuestos a recibir una agresión, lo más triste es cuando un funcionario de primer nivel lo lleve a cabo contra mujeres y periodistas, entonces, mejor que el gobierno evite hablar de que se respetará la libre expresión de las ideas. Si queremos cambiar el contexto y que haya menos feminicidios, lo primero que debemos hacer es cuidar a nuestra niñez, saber escucharla y atenderla, no ignorándola, sino respetando sus derechos.

Los primeros renglones del primer párrafo los escuché de alumnos (niñas y niños) de una escuela primaria aquí en la ciudad capital, quienes con tristeza asientan, dicen entre labios: “Sí, mi mamá me golpea, me agrede, papá nos dejó, no sabemos nada de él”. Desde hace dos años que el psicólogo David Aguilar, del Centro de Justicia, me señalara que muchos problemas puedo evitarlos si escuchara a mis hijos, desde ese día no solo a mis hijos escucho, sino a todo aquel niño que está cerca.

Aquí en Colima capital hace dos décadas, en cierta colonia, fue publicado cómo un padre asesinó a su bebé porque no lo dejaba dormir, posteriormente, en compañía de la mamá, lo sepultaron. Casos como el del inicio de este escrito y como el citado aquí en este párrafo, los podemos encontrar en repetidas ocasiones, y tenemos que reconocer que también la mujer educa en la violencia, por ese motivo debemos de unir fuerzas para evitar la muerte de mujeres, pero también la de niños y jóvenes.

Para despedirme. Gracias papá (+) y mamá por nunca haberme puesto la mano encima. Nos vemos en otra entrega.