Fabian Rivera

En Libertad

Estado “sin derecho”

La semana próxima pasada analizábamos el ensayo elaborado por Andrés Manuel López Obrador, donde propone un “nuevo modelo de país” basado en cinco principios, uno de ellos referente a la justicia. Podemos decir que la justicia va de la mano con la igualdad ante la ley. El Estado está obligado a brindarnos seguridad y justicia, de lo contrario pierde su razón de ser. En tiempos de contingencia hemos visto como los ciudadanos, en un sentido amplio, perdimos la garantía de Estado de Derecho, pues estamos vulnerables al no existir una estrategia clara y definida para que los centros de justicia sigan operando con normalidad.

LA IMPORTANCIA DEL ESTADO DE DERECHO

Max Weber (2002) concibe al Estado como “aquella comunidad humana que en el interior de un determinado territorio reclama para sí (con éxito) el monopolio de la coacción física legítima”. De esta forma, Weber intenta crear un prototipo de Estado ideal, en el cual éste juega el papel de “organización autónoma con medios extraordinarios para dominar”. Dicha dominación solo se puede dar (de acuerdo con Weber) a través de la “legitimación de un sistema dominante (poder)”. Uno de estos tipos de dominación la ejerce el Estado a través un ordenamiento impersonal llamado “ley”.

Como ya lo hemos mencionado en alguna ocasión, el Estado, desde su concepción, nace regido por el derecho a través de este “pacto social” que el hombre signa a cambio de un bien común. No se puede concebir a un Estado sin derecho, ni tampoco concebir al Estado de derecho sin el liberalismo, pues gracias al liberalismo se abrió la posibilidad de que el hombre se asumiera como un “igual” a sus semejantes, acceder a la justicia y construir las instituciones que posibilitaran y garantizaran su libertad individual.

Joel Migdal, en su libro Estados débiles, Estados fuertes, realiza una revisión de las principales definiciones de Estado, proponiendo una visión alternativa a la clásica concepción “weberiana”, pues argumenta que la definición de Max Weber “ha llevado a los especialistas por senderos estériles”, aislando al Estado como “objeto de estudio y no como ente integrador”, de la mano con la sociedad. El autor asegura que “un Estado fracasa” no solo por sus deficiencias, sino también por la influencia de lo que llama “grupos opositores”, los cuales pueden ser subversivos o abiertamente contenciosos (Migdal, 2011).

Es precisamente esta visión el punto medular de la tesis de Migdal, pues menciona que Weber, al definir que el Estado reclama para sí con éxito el monopolio de la coacción física legítima, plantea que en la práctica es común el “uso de la violencia y la legitimidad como herramientas eficaces para mantener el control social e implementar políticas”, utilizando como máxima “el papel del Estado es construir el Gobierno de la Ley”.

En esta desviación conceptual, surgen la idea de Estado débil-Estado fuerte, donde el escritor propone como alternativa una delimitación del Estado a través de dos componentes: imagen y práctica. La imagen definida como una entidad autónoma y dominante que controla la creación de reglas, a través de sus propios organismos o permitiendo que entes autorizados generen reglas de alcances limitados. Y las prácticas, como expresión de que existen organizaciones diversas y modos de interacción social variadas, que escapan a las propias leyes y reglamentaciones del Estado.

Es así como Migdal concibe al Estado como una “organización limitada”, pues controla únicamente la creación de reglas directamente a través de sus propios organismos o indirectamente permitiendo que otras organizaciones generen ciertas reglas de alcance limitado.

*El que suscribe es maestro en Alta Dirección y coordinador local de Students For Liberty.